UNA LECTURA POLÍTICA DE LOS OSCAR

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Resulta cuanto menos curiosa esta confrontación que se vivirá en los próximos premios Oscar, donde las candidatas favoritas para llevarse los dos máximos galardones (director y película) son Boyhood y Birdman. La primera, fluye de una manera totalmente hawskiana, sin intriga alguna, sin una narratividad que vaya mucho más allá que fragmentos de la vida norteamericana diaria, mostrando segmentos dentro de este transcurso que no conllevan mucha relevancia; y, por otro lado, Birdman, se antoja como lo opuesto, la narración (aquí sí que se podría hablar de narración), se inicia y finaliza casi en la misma falsa toma, todo fluye de una manera mucho más calculada, dentro de un guión que fuerza a la dirección a ceñirse a su voluntad. Boyhood avanza a trompicones de manera plácida hacia delante (elipsis que se saltan lo más relevante y sin embargo, nos lo explican todo), Birdman, fluye de manera casi sincopada en círculo armonioso. Iñárritu trata de dar una explicación del imaginario creado, volteando de un lado a otro, explicando la naturaleza de su Universo. Boyhood da las explicaciones justas, lo demás te lo formas en tu mente.

La decadencia y la autoreafirmación del american way live

Lo de Boyhood y Birdman no es la única confrontación que se vive entre las películas nominadas. Es hora de adentrarse en terrenos más pantanosos que los puramente cinematográficos. No es una cuestión tanto de puesta en escena (aunque se vale de ella para marcar su carácter político) sino de contenido. Estamos hablando de tres películas que, aunque dos de ellas sean visibles a simple vista, y otra se disfrace tras un envoltorio musical muy estimulante, no pueden sino ser, por el mensaje final subyacente, totalmente antagónicas. Estamos hablando de Foxcatcher, film de Bennet Miller, director de cintas como  Moneyball (2011) y Capote (2005), la cual opta a cinco nominaciones, entre ellas mejor director y actor (Steve Carrell en un cambio de registro apasionante); Nightcrawler, la ópera prima del guionista Dan Gilroy, la cual tan solo cuenta con una nominación a mejor guión; y por último, Whiplash, el largometraje de Damien Chazelle que cuenta con cinco nominaciones, entre ellas, a mejor película.

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Foxcatcher, basada en una historia real, narra cómo el multimillonario John Du Point (Steve Carrell), el cual vive atormentado por el rechazo de su madre, trata de convertirse en entrenador de lucha grecorromana con la intención de que sus deportistas logren glorificar el nombre de Estados Unidos por el mundo. Para ello, el dinero será totalmente necesario para comprar a merced todo lo que se necesite, relegando a un segundo plano los sentimientos o deseos personales. Este retrato de los EEUU “neocons” de los ochenta, no deja de mostrar en la frialdad, la infelicidad y la falsedad que se vive entre el trío protagonista, cómo el american way live no se trata sino de una falacia, una mentira decadente que cae bajo el propio peso del dinero invertido en él. Solo hace falta ver la última escena de la película, un combate entre USA y la URSS, para dejar al descubierto el sinsentido de la competitividad vivida en la guerra fría, arropada por un sinfín de incondicionales coreando “USA”, y que bien seguro que sería lo mismo en territorio soviético, por mucho que Stallone nos haya intentado engañar con el final de Rocky IV (1985).

Ambientada en el presente, vivimos Nightcrawler como una auténtica patada en el estómago del consumidor televisivo estadounidense medio. El film no solo retrata las miserias morales del que antepone el respeto por los muertos a la búsqueda carroñera de morbo televisivo, sino que muestra, con un thriller elegantísimo, como el propio espectador puede verse envuelto por el torrente carismático que acompaña a su protagonista. El hecho de que logre su éxito ya no solamente mediante una actividad tan inmoral como vivir de la criminalidad ajena (ajena en un principio), sino que lo logre anteponiéndose mediante su inteligencia sobre los más débiles, convierten a Lou Bloom, protagonista del film, en el claro y evidente reflejo del triunfador estadounidense que ha cumplido el sueño americano, escalando sin escrúpulos y pateando a los demás.

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Por el lado contrario, tenemos Whiplash. Puede ser que fuera David Lynch quien defendía que el cine era la búsqueda de la sincronización de imágenes y sonido. En ese aspecto, Whiplash es una película brillante. Esta conjunción funciona a las mil maravillas, con un trabajo excelente en lo que se refiere tanto al sonido como al montaje. Bien, apartando el ritmo, la musicalidad y lo espectacular del film, queda en el aire cierta idea que rompe la tónica de la negación pesimista del american way live de las dos obras anteriormente tratadas. La idea que el profesor defiende y sus métodos son finalmente aceptados, y encima, intentando satisfacer las necesidades del espectador. Esa idea capitalista de que el esfuerzo puede llevar a cualquier parte, y que por un objetivo así se puede uno deshacer de su humanidad, relegando todo su tiempo a su campo de trabajo específico, resulta cuanto menos escalofriante. Más aun en una actividad sensible como la artística, alejada de la instrucción militar del sargento Hartman en La chaqueta metálica (Kubrick, 1987).

Es hora de apuntar a la madre de todas las polémicas

Capaz de desmitificar un espacio tan importante en el ensanchamiento nacional como es la conquista del salvaje Oeste en Sin Perdón (1992), y hacer un canto a la integración racial en Estados Unidos como vimos en Gran Torino (2008), no podemos olvidar que estamos hablando de Clint Eastwood, el director de El sargento de Hierro (1986).  El Francotirador, con sus seis nominaciones bajo el brazo, incluyendo mejor película, tiende a parecerse más a esta última. La polémica que ha generado en Estados Unidos es muy comprensible, mientras los republicanos la alaban, los demócratas la repudian. No es para menos. La última película de Eastwood nos narra una historia basada en hechos reales que retratan la vida del francotirador en la guerra de Iraq Chris Kyle (Bradley Cooper). En ella, no encontramos ningún esfuerzo por inmiscuirse dentro de la vida iraquí, tan solo se observa su crueldad y maldad innatas. Por otro lado, Cooper, con su arma, se siente orgulloso de sacrificarse para hacer de policía del mundo. En ningún momento se trata de denunciar, sino, más bien, de rendir homenaje. Sus títulos de crédito finales acaban de rematar esta particular exaltación patriótica.

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La política no solo está presente en el cine norteamericano.

Este año el cine con una clara lectura política no se encuentra tan solo en el de producción norteamericana. Si ojeamos las nominadas a mejor película de habla no inglesa, hallamos dos películas de clarísima tendencia ideológica. Si bien Ida de Pawlikowski no refleja de una manera muy halagüeña la vida en la Polonia comunista, nuestra mirada se dirige más bien a la rusa Leviatán (Andrei Zvyagintsev) y la coproducción mauritana-francesa Timbuktu (Abderrahmane Sissako). La primera, cuyo tratamiento estético puede parecer algo buscado (con intención de gustar a los críticos europeos) y artificioso, en su contenido, aun pecando de redundante, no puede ser más explícita. Nos encontramos, mediante una metáfora bíblica (del santo Job), con una clara denuncia al retroalimento endogámico que hace gala el sistema político-eclesiástico-judicial. Lleno de estereotipos, pero sin tampoco salvaguardar a los “buenos”, la fría fotografía de Putin en el despacho del corrupto alcalde del pueblo filmado, nos dejan entrever un descontento más que evidente con las políticas del presidente ruso, al que por cierto, en algún que otro encuadre, le cortan la cabeza en el retrato comentado.

Alejados del gélido espacio ruso, focalizando su mirada en la ciudad de Malí Tombuctú, nos adentramos en la artística denuncia de Sissako a la invasión yihadista. El film, no abandona ni un momento la esperanza en una humanidad que, aun viéndose desolada por el triunfo de la sinrazón y la barbarie, sigue luchando, desde la manera menos violenta y más imaginativa posible, a cualquier imposición extranjera restrictiva que atente contra su modo de vida. La humanización de los que, como denuncia el imán de la localidad invadida, mancillan la verdadera esencia del Islam, es utilizada por el director para manifestar sus propias contradicciones y, en esencia, no disculparlos como seres irracionales, sino como represores totalmente consciente de lo que hacen.

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Sin duda, la denuncia al sistema de Putin, el cual acrecentó a medida que se inició el conflicto ucraniano las hostilidades con Occidente, y la clara repulsa al creciente avance del yihadismo, son dos puntos muy favorables para gustar, desde el prisma político, a la Academia norteamericana.

Luis Suñer (@GalleMonstruo)

@ColumnaZeroCine

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