TWIN PEAKS, UN DERROCHE (EN TODOS LOS SENTIDOS)

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Un artículo de Javier Ateca para ColumnaZero.
Un artículo de Javier Ateca para ColumnaZero.

La esperadísima serie de David Lynch decepciona a muchos de sus seguidores, entusiasma a la crítica más “posh” y genera opiniones tan dispares como unánimes: esto no hay quien lo entienda.

Cuando se anuncia el estreno de la continuación de una de las series más importantes de la historia de la televisión, cuando la serie es historia de la televisión, y además, cambió la historia de la televisión, lo normal es que uno ponga todas las excusas del mundo para no hacer lo que tiene que hacer y se siente frente al televisor (uno es de la vieja escuela) para disfrutar de esta delicatessen. Sin embargo, la pereza tras leer algunos titulares, pocos porque uno no quiere contaminar su opinión antes de escribir, iba en aumento y las excusas, curiosamente, se amontonaban… para no verla. Quizá, y no me gusta un pelo reconocerlo, ha sido la primera vez en mi vida que he visto una serie por obligación. Pero si uno es algo en esta vida, es disciplinado y competente. Dicho y hecho. Nos plantamos delante de un primer episodio doble, casi dos horitas, entendido más como una película que como una serie. David Lynch es mucho David y mucho Lynch como para que alguien le diga a estas alturas de su vida, cómo tiene que hacer él sus cositas.

TWIN PEAKS,  UN DERROCHE (EN TODOS LOS SENTIDOS)

Hace unos días, hablando de American Gods confesé abiertamente, y con algo de pudor, que tras ver el primer episodio, no me había enterado de nada. Pues casualidades de la vida, de la programación, mía para más inri, me chupo otra, seguida, donde tampoco me he enterado ni del trueno. Dicen que es Twin Peaks, la continuación, pero si te dicen que es Twin lo que sea, te quedas igual. Menos mal que la inolvidable e increíble sintonía de la cabecera te avisa que estás en la serie correcta. Pero ahí se acaba toda relación. Pasan los minutos y la cosa no mejora. Incluso te preguntas por qué los personajes hablan tan pausadamente. Parece como si todos se hubieran metido media caja de diazepam. Hecho que inquieta porque tienes la tentación de tomarte uno, para ver si al menos, estando en el mismo plano, la cosa mejora. Y eso, que hablar, lo que se dice hablar, hablan poco. Para rematar, Lynch sigue con su casting extraído del circo de los horrores, lo que entorpece aún más la visión, especialmente cuando estás poniendo los cinco sentidos en entender, aunque sea el significado de una frase sencilla. Pero si el personaje que la dice, resulta pelín desagradable, aparece el riesgo de coger el catálogo del súper a ver a cómo tenemos el gazpacho.

TWIN PEAKS,  UN DERROCHE (EN TODOS LOS SENTIDOS)

David Lynch nunca ha sido Spielberg. Ni ha querido, claro. Él es más para dentro (que dirían las abuelas), más sutil, más introvertido, más ahí lo dejo y tú te apañas, pero en esta ocasión, más que dejarlo, nos lo ha tirado a la cara, yo diría que hasta con rabia, como diciendo yo ya no estoy para otra cosa que no sea hacer lo que me sale del mismísimo, y si no eres lo suficientemente inteligente como para comprender lo que te muestro, mejor que sigas con lo tuyo. Es como si el director nos estuviera retando para saber cuál es nuestra capacidad de aguante. Para entendernos. Un ejemplo. Vamos a un museo. Vemos un lienzo gigantesco en blanco. En una esquina, vemos un casi imperceptible puntito negro. No hay más. O eso creemos. La obra se titula: lucha del hombre contra el cosmos. Precio Venta al Público: 22 millones de euros. La crítica se rompe la camisa delante de semejante obra maestra. Y tú, te quedas pensativo, mientras dices para ti, que no se trata de que te escuche nadie: “menuda chorrada…esto lo hago yo con la punta…del lápiz”. Pero sigues recorriendo la exposición, porque te han dicho que hay una sala llenita de platos sucios y camas sin hacer. Tu casa un domingo cualquiera. Pero volverás a pensar, inclinarás la cabeza, y tras una mirada furtiva al reloj, pensarás en el bar de la esquina, donde has visto una terracita a la sombra, imaginas una caña bien tirada, y puedes asegurar que eso si es una obra maestra. Pero insisto. Solo serán pensamientos de esos que uno tiene consigo mismo…

Volvamos a la serie. Con todo, que no es poco, la mezcla de incredulidad, sopor y complejo de inferioridad se ve interrumpido por un macabro suceso que pone un poco de orden (es un decir) y de entusiasmo a este desparrame de secuencias sin sentido para el espectador normalito como yo. Parece que por fin cuentan con nosotros (falso), y lo más importante, no solo con el que vio la serie hace millones de años, sino con el actual, el que probablemente no ha visto aquella joya (inicial) y como mucho, ha leído algo en Google (más falso aún).

Y es que, Mr. Lynch, pasarse de frenada tiene más riesgo que quedarse corto. Al fin y al cabo, si no llegas, al espectador le queda la satisfacción de ser más listo que los guionistas, peeeero, si te pasas siete pueblos, además de considerarlo un insulto, no te quedarán ganas de seguir viendo el despropósito. Y que yo sepa, y hasta que alguna voz autorizada me diga lo contrario, una serie se hace para que la vean, y cuantos más mejor. Sacrificar la audiencia por el “arte”, me parece de una chulería inadmisible. Además de un despropósito empresarial.

Total, que tras estas casi dos horas de no sé cómo llamarlo sin ofender a sus creadores, me quedo con una sensación extraña. Mi capacidad intelectual es llamativamente más baja de lo que yo creía, y siento que solo puedo disfrutar de series como Castle. Podía ser peor.

Javier Ateca

@columnazero

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