ROCK&SERIES: LA RELACIÓN ENTRE LA MÚSICA Y LAS SERIES DE TELEVISIÓN

Un artículo de Juan Antonio Navarro para ColumnaZero.
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Fotogramas envueltos en la voz rota de un contestatario. Voladuras de adrenalina bailando al son del riff de una guitarra. Cámaras temblonas perdidas entre el público. El matrimonio entre el cine y la música rock, los dos acontecimientos culturales más importantes de un siglo XX que comienza a desteñirse, tuvo lugar alrededor de los años setenta, cuando la utopía revolucionaria y el espíritu indiscriminadamente rebelde del movimiento hippie empezaba a ser fagocitado por el sistema.

A buen seguro hubo noviazgo, pero fueron los años y décadas venideras, imbuidos por el ánimo nostálgico hacia un tiempo que dejó de serlo, los que nos dejaron películas como El Último Vals (Martin Scorsese, 1978), This is Spinal Top (Rob Reiner, 1984) o Year of the Horse (Jim Jarmush, 1997), algunos de los mejores testimonios resucitadores de la doctrina rockera.

Sin que este pacto conyugal haya sufrido escasez sexual ninguna –para que luego digan que los años matan el deseo-, pues el rockumental cinematográfico parece embotado de dopaje, incansable aquí y allá, el fantasma del rock vive un momento de especial carga libidinosa y, no contento con la gran pantalla, merodea la televisión como un buitre a un elefante enfermo en un desierto. Aquella generación que vio morir el genuino modus vivendi del rock y que transpira nostalgia por cada poro de su cuerpo ha iniciado desde hace unos años el transbordo a la caja de coeficiente tornadizo para explorar la música en formato seriado.

No hablamos, exclusivamente, de la introducción orgánica del rock a las bandas sonoras de las ficciones televisivas. De las cinco versiones del Way Down in the Hole de Tom Waits que lucía The Wire a principios de milenio. De las melodías de Alicia Keys, Radiohead, Arcade Fire o Wilco que convivían junto a Mozart, Chopin o Schubert en Six Feet Under como conviven un perro y dos gatos contra todo pronóstico apocalíptico. De aquellas voces históricas que dan a Mad Men el beneplácito de los oídos: la de The Cardigans, la de The Rolling Stones, la de The Beatles o la de Bob Dylan. O del tratamiento musical de la serie rockera por excelencia, Sons of Anarchy, con su despliegue de maravillosas canciones, firmadas por Iggy Pop, Pearl Jeam, Bruce Springsteen, The White Buffalo o The Forest Rangers, autores de esa Come Join The Murder que cerraba hace unos meses siete años de tragedia motoshakespiriana.

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Hablamos de proyectos como Foo Fighters: Sonic Highways, la serie documental de Dave Grohl para la HBO, estrenada el pasado año. Un recorrido en clave histórica y de biopic por el nacimiento y estado de conservación de la música popular en las principales ciudades melómanas de los Estados Unidos: Chicago, Washington, Nashville, Austin, Los Ángeles, Nueva Orleans, Seattle y Nueva York. Un viaje polifónico por el blues, el jazz, el country, el go-go o el punk construido hora tras hora con infinito amor; una radiografía romántica de un mundo que tiene tanto de comunidad como de arte.

Ese último, el punk, conquistador y dominador de la escena musical urbana de los setenta y los ochenta, entendida no solo como corriente musical sino como filosofía social y política, es el epicentro de la próxima producción seriada musical de la cadena de oro. Una drama televisivo sobre la industria musical de los setenta en los Estados Unidos que ahondará en la explosión del punk y el dance en un ambiente cargado de drogas y sexo, no sea que nos carguemos el refrán. Aún sin título al que aferrarnos, será producida por Martin Scorsese y dirigida (y guionizada, el pack completo del showrunner contemporáneo) por Terrence Winter, la dupla responsable de Boardwalk Empire y El Lobo de Wall Street.

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El magnífico Bobby Cannavale –quienes le hayan visto interpretar a Gyp Rosetti asentirán con la cabeza- encarnará a Richie Finestra, cazatalentos fundador de American Century Records, un sello discográfico neoyorquino. Olivia Wilde será su mujer, Andrew Clay un propietario de radio adicto a la cocaína y James Jagger el cantante de un grupo de punk. Su padre, Mick Jagger, será el asesor atmosférico de la serie como productor ejecutivo. ¿Quién mejor que él conoce los infernales rincones emocionales que los malos hábitos traen al rockero virtuso?

La misma cadena, empeñada parece en musicalizar la ficción televisiva, ha dado luz verde a la producción de una serie documental sobre el mundo del videoclip en los años ochenta, producido por David Fincher, quien además dirigirá el piloto, como ya hizo en House of Cards. Living On Video, para esta sí tenemos etiqueta. Starz, la cadena de Spartacus, ha hecho pública a su vez la producción de un drama de época sobre el nacimiento del jazz. Estas y las que vendrán, pues el viento sopla hacia donde sopla, compartirán parrilla con otras series musicales como Empire, la serie de la FOX sobre el mundo del hip hop, o Mozart in the Jungle, apuesta de Amazon sobre un oboísta neoyorquino. No es solo el rock sino la música en mayúsculas la que invade el panorama televisivo con determinación mesiánica. Vean sino a Sigur Rós en Juego de Tronos o a las Pussy Riots en la nueva temporada de House of Cards. Música y televisión. Puede besar a la novia.

Juan Antonio Navarro Cádiz

@columnazero

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