MADRID HA ENCONTRADO SU FESTIVAL: CRÓNICA DEL VILLAMANUELA

Un artículo de Jorge Fernández para ColumnaZero Música.
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Un artículo de Jorge Fernández para ColumnaZero Música.
Una crónica y fotografías de Jorge García para ColumnaZero Música.

ColumnaZero estuvo en la tercera edición del festival Villamanuela. Durante tres días Malasaña se convirtió en un espacio en donde confluyeron gastronomía, arte y mucha música.

Existe un estigma sobre los festivales en Madrid. La ciudad ha estado estos años pidiendo a gritos la consolidación de un festival que nunca llegó mientras era testigo de cómo Barcelona le ganaba el pulso de la música en directo. Quizás la capital no tenga hueco para festivales en los términos estándar sino para pequeños grandes festivales. Esa idea la han sabido aprovechar los organizadores del Villamanuela, ahora mismo el festival de Madrid – el Dcode únicamente es una atracción de feria de un día –. Madrid, una ciudad de salas, y más concretamente Malasaña se abren a un espacio totalmente nuevo. Atrás quedan los años del Primavera Club. Ese vacío existencial que ha conllevado un intervalo de cuatro años ha sido el que ha utilizado el Villamanuela para asentarse en esta tercera edición. Un festival a principios de octubre en donde todavía uno puede sentarse en las terrazas –a priori –, degustar tapas y ver arte, pero sobre todo disfrutar de la música condensada en tres días en un cartel de lo más ecléctico.

MADRID HA ENCONTRADO SU FESTIVAL: CRÓNICA DEL VILLAMANUELA

Este modelo de festival está aquí para quedarse aunque debe ser revisado de cara a ediciones posteriores ya que el idilio se esfumó la primera noche ante las evidentes limitaciones. Las salas y el aforo ocasionaron problemas, especialmente en la noche del viernes en donde ir de una sala a otra era una tarea estoica por no decir imposible: colas de una hora y media para entrar a Siroco, cuyo aforo es de unas 180 personas, propiciando que la oferta más arriesgada del festival, formada por un conjunto de ensueño (Fumaça Preta, Matana Roberts, Girl Band y C.P.I.), se redujera a unas cuantas cervezas en la cola. Aún así, la valoración final del festival a lo largo de los tres días fue más que positiva.

Comenzó el festival con Ocellot y sus pop tridimensional que tiende a lo psicotrópico con deje hedonista, a medio camino entre los Delorean de ‘Subiza’ y los Animal Collective. Los catalanes apuntan muy buenas maneras, solo hay que escuchar sus dos LP, pero aún les falta una marcha más en su directo y cierta elaboración en el contenido.

Por su parte, Fat White Family, dos plantas más abajo, resultó una grata sorpresa. Su punk resacoso con acento british (claros guiños a The Clash) pero con un punto muy lo-fi sonó contundente, pese al empeño de Lias Saoudi de mostrar su domino de las glándulas salivales.

Luego vino ESG, el gran reclamo del día, y último concierto en Europa de su carrera, al menos aparentemente. Actitud no faltó. Pese a la edad supieron mover al público durante todo el bolo, pero en cuanto al contenido se quedaron un tanto cortos. Quizá ya esté un poco desfasado ese post-disco neoyorkino que contiene esencia funk con bases del primer hip hop o que al ser un música tan rítmica les faltó soltura en la ejecución. También es verdad que Renee Scroggins y sus hermanas ya no están para muchos trotes. Aún así fue un concierto divertido, pero no memorable.

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Salimos de ESG con parada para llenar el estómago y llegamos ya a los rescoldos de C.A.R en donde Chloé Raunet posaba con aires de dominación y ponía de manifiesto su new wave electrónica. Después salió Telephate al mismo escenario y fue como si se apagase la luz y el sonido de la sala se acotase. Quizá no eran la sala ni el momento adecuados para una banda de pop tan introspectiva. Así, nos dirigimos a Siroco con la esperanza de encontrar algo de garra que volviese a enchufar la noche y lo que nos encontramos fue una cola de una hora y media para poder entrar. Finalmente lo logramos y allí estaban Hugo Capablanca y Marc Piñol poniendo música, ni rastro del live prometido de C.P.I.

Volvimos a la sala Ya’sta para cerrar la noche con The Black Madonna. Marea Stamper ofreció una sesión muy elegante que fue desde un house primerizo con aroma a Chicago y con clara tendencia al disco hasta el techno. Eso sí, todo ello sin excederse demasiado, sin ninguna floritura memorable. Pese a ello supo mantener el pulso en toda la sesión.

El sábado arrancó el festival con Moon Duo y rápidamente la tarde-noche comenzó a perderse entre sus serpenteantes riffs de guitarras y un sonido potentísimo. Aquello podía ser un viaje de ácido por el desierto sin la posibilidad de volver atrás. El juego de pedales y de registros de Ripley Johnson, el guitarrista de Wooden Shjips, es inabarcable. Aunque todo lo envuelva con el mismo aroma, sabe traer diferentes tonalidades dentro de un mismo espectro cromático. Fue uno de los conciertos del festival.

Después aparecieron unos The Sonics con ganas de jolgorio, y ya desde la entrada de la banda con Larry Parypa tocando la guitarra desde fuera del escenario se metieron al público en el bolsillo. Los escépticos cayeron en los primeros compases cuando sonó “Cinderella”. Es de destacar la buena forma en la que se encuentran los de Washington. Pese a la edad, siguen teniendo cierta chispa para trasmitir ese garage primerizo con un pie en el rockabilly. Resultaron vencedores y exhaustos frente a un respetable rendido debido a esas pequeñas perlas anfetamínicas que despachan los Sonics –”Psycho”, “The Witch”, etc. –.

Cerramos el día con el garage fronterizo de La Luz en Taboo. Las de Seattle fueron sin lugar a dudas una de esas gratas sorpresas que te da un festival; mucha actitud y un sonido muy pulido durante todo el concierto.

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El domingo se concentró todo en la sala Joy Eslava, en donde en primer lugar Golden Teacher ofrecieron su particular reinterpretación del new age de Glasgow para pasar a los egipcios E.E.K featuring Islam Chipsy. El broche final lo puso Lindstrøm en una sesión en donde rescató sus pequeñas joyas – momento aparte para Lovesick – y el canto balearic que es Lanzarote.

El Villamanuela cerró su edición más mediática, en la que quedó claro que es un festival a tener en cuenta en los próximos años. Aunque tenga que pulir algunos aspectos, actitud no le falta. Quién sabe, si la cosa fuera bien, igual podríamos tener dentro de unos años otro Villamanuela en primavera.

Jorge García Martínez

@columnazero

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