LOS LÍMITES A LA CIRUGÍA ESTÉTICA: LA SOCIEDAD DE LAS APARIENCIAS

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Una reflexión de Borja Iglesias para ColumnaZero.

Un Ferrari. Un vestido de Giorgio Armani. Una cena en El Celler de Can Roca. Un aumento de mamas. El iPhone recién estrenado. Un viaje a Cancún con todo incluido. Si cuando leíste «un aumento de mamas» convertiste el punto y seguido en punto y aparte probablemente te opongas a la cirugía estética. Al menos cuando se abusa de ella. Bueno, quizás simplemente te haya llamado la atención esa finura para decir «ponerse un buen par de tetas». En caso de ser de los primeros me gustaría saber cuál es la diferencia entre quien se siente bien gastándose dos mil euros en un exclusivo traje de diseño y quien decide operarse los labios. El traje puede ser horrendo y los labios resultar estupendos. Debemos reconocer que vivimos en una sociedad de apariencias. Cada uno elige el método que emplea para autorrealizarse, satisfacer su vanidad y reforzar su aspecto de cara a los demás, y la cirugía estética es un método tan válido como el resto. Entonces, ¿por qué deberían ponerse límites a las operaciones estéticas?

Cualquier individuo debe tener libertad para hacer lo que quiera siempre y cuando ello no cause un perjuicio a los demás. Sea cual sea el motivo que lleva a una intervención quirúrgica de tipo estético, es una decisión personal. Si usted decide operarse la barbilla porque la suya le hace infeliz puede que el cambio sea para peor, o como se suele decir, que «el remedio sea peor que la enfermedad». Sin embargo, realizando esa operación no atenta contra los derechos de otra persona. Por poner un ejemplo famoso: Silvio Berlusconi ha reconocido abiertamente sus numerosas operaciones de cirugía estética. Ya en 2004 comentaba que no lo hacía por coquetería sino «por respeto a los demás» ya que, según el ex presidente italiano, «quien pueda permitírselo tiene el deber de presentarse lo mejor posible ante los demás». Pues bien, su opinión es totalmente válida. Sus operaciones faciales no afectan a ninguno de los ciudadanos de Italia con lo cual nadie debería limitarle sus decisiones estéticas. Sin embargo, que el señor Berlusconi incurra en fraude fiscal sí que afecta a los italianos. Ni rastro del «respeto a los demás». Esa actividad ilegal sí que debe tener un límite y quizás alguien debía haberle explicado a Il Cavaliere que ninguna operación facial puede extirpar la «cara dura».

Pero mentiría si dijera que pienso que no debería haber ningún tipo de límite en materia de cirugía estética. Siempre y cuando el interesado sea consciente de los riesgos implícitos en la operación, creo que no se debe imponer cuánto y qué puede uno operarse. Pero sí quién puede operar y empleando qué materiales. Las barreras y las normativas deberían abordarse por el lado de aquellos que acometen estas operaciones o que se lucran con ellas. En primer lugar, la legislación debería ser exigente a la hora de definir qué tipo de formación debe tener un profesional que realice esta labor. En ese sentido, me parece un requisito lógico que para ser cirujano plástico en España se exija ser médico colegiado con un título de especialista en cirugía plástica, estética y reparadora, que se obtiene tras cinco años de médico interno residente. Pero, como en todo, una ley si no se cumple no sirve de nada; no es suficiente.

Por otro lado, los productos e instrumentos empleados al realizar una operación de cirugía estética deberían cumplir unos estándares de calidad. Esa es la otra función que han de tener las instituciones para velar por la salud de los pacientes y así evitar que se haga negocio a costa de la salud de los demás. En este sentido, hace menos de un mes la Comisión Europea anunciaba su compromiso para reforzar la vigilancia de las empresas que elaboran y comercializan productos utilizados en operaciones de cirugía. El objetivo es evitar estafas como la destapada en 2010, cuando se descubrió que la empresa francesa Poly Implant Prothèse se había enriquecido desde 1991 comercializando implantes mamarios de silicona que causaban graves perjuicios derivados de roturas. La ausencia de controles rigurosos había permitido a la empresa poner en el mercado implantes que incluían silicona industrial, un componente prohibido, para ahorrar costes.

Una vez que las instituciones se aseguran de que una operación cumple una normativa de seguridad, debe ser el paciente el que elija lo que hacer con su cuerpo. Resultaría cómico un debate parlamentario para establecer cuántas operaciones puede solicitar una persona o cuál es la máxima ampliación permitida de los senos de una mujer. El límite debería ser el que establezca el sentido común. Yo, por ejemplo, nunca me operaría. Pero es un decisión personal mía. Qué le voy a hacer, soy más de Ferraris.

Borja Iglesias

@Tabe9

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