LITERATURA: GRANDES MUJERES OCULTAS POR EL TALENTO DE SUS MARIDOS

Un artículo de Óscar Reyes para ColumnaZero.
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Un artículo de Óscar Reyes para ColumnaZero.
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En el amor y en la sombra, aunque ambos compartan el dominio de las letras.

La literatura tiene la virtud de unir vidas. Los amantes de la palabra también aman a aquellos que las dominan. Así, grandes talentos de las letras no sólo compartieron páginas en blanco, sino también lecho, y en definitiva, existencia. No obstante, desde el nacimiento del sol la sociedad occidental ha sido patriarcal, por lo que la parte femenina de la pareja literaria se ha visto absorbida por la masculina. Aunque tan ilustradas como sus cónyuges, las mujeres que entregaron su amor se vieron reducidas a una sombra. Sus obras no se difundieron con la misma intensidad ni tampoco han gozado del mismo protagonismo desde que comenzó a correr la tinta.

Simone de Beauvoir

No pueden haber mejores conversaciones en una cama que las de dos existencialistas. No obstante, tanta búsqueda del sentido termina por demostrar que no lo hay. Así eran Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir, una pareja tediosa, gobernada por un hombre cuyas novelas fueron universales, y sus pensamientos una nueva filosofía, el existencialismo sartriano. Tras él estaba su mujer, rasgando trocitos de tiempo para escribir sus novelas mientras su marido se dedicaba completamente a ello.

Sin embargo, Simone de Beauvoir, desconocida lejos de las fronteras francesas, desarrolló ideas tan profundas como su marido, quizás la soledad de sus momentos tediosos le ayudaba a investigarse en busca de una solución. Así, plasmó sus juicios en ensayos feministas (como El segundo sexo) que hicieron de Simone un símbolo de la lucha femenina frente a la preponderancia masculina. Ya entonces comenzaban las batallas que aún siguen en la sociedad actual, un siglo más tarde. Políticamente fue comunista, como su marido. En su cabeza los razonamientos giraban entorno a la oposición al régimen político impuesto y a la humanidad reprimida. No estaba contenta con lo que traspasaba sus ojos.

Las novelas de Sartre ocupaban librerías y bibliotecas, también las de su propia casa, y nadie tenía en cuenta la influencia de Simone en su pensamiento. Ella también ofreció respuestas al mundo con una novela existencialista, Los mandarines de 1954, ganadora del prestigioso Premio Goncourt. Muchas fueron las palabras que descargó en papel y enseñó al mundo, pero la reputación de su marido acumulaba toda la atención. Sobre la cama se repartían el espacio, pero entre la gente él se colocaba en el centro.

Constance Lloyd
Constance Lloyd

Constance Lloyd

Nadie duda del talento de Oscar Wilde para las palabras, ni de que sus novelas seducen al lector, pero sí se puede cuestionar su integridad matrimonial. En 1884 el escritor irlandés se casa con Constance Lloyd, una muchacha de familia poderosa que sólo compartía con Wilde el gusto por el arte. Idealizaban tanto la cultura que creían que esa cualidad común era suficiente para sostener la vida conyugal. Sin embargo, pronto comenzó a desgastarse.

De todas las ideas que Wilde construyó en su cabeza la del compromiso era la que tenía las bases más débiles. Así, la pareja comenzó a distanciarse. Ni siquiera los dos hijos que Constance dio a luz con dificultades les convirtió en un matrimonio convencional. La ruptura definitiva se produjo con el juicio contra Wilde por homosexualidad. En el proceso el escritor demostró que el verdadero amor de su vida había sido Lord Alfred Douglas, conocido como Bosie.

A partir de entonces, Constance dejó de ejercer como mecenas de su marido y fue olvidada por toda la sociedad, pues ella no era nadie lejos del brazo de Oscar Wilde, tan amante del arte y la belleza como ella, pero él era un hombre, y no uno cualquiera.

La reputación de su marido le trajo más desgracias que beneficios. No sólo desembolsó su dinero para la publicación de sus obras, sino que sus cuentos infantiles, de los que There was once es el más famoso, pasaban desapercibidos, incluso para su marido. Wilde apoyó seriamente a su mujer en su defensa de una política liberal a través de la Federación de Mujeres Liberales, ya que a él mismo le favorecía estar casado con una liberal, pero no fue más allá del aprecio superficial, y mucho menos sentía la mínima admiración.

Es una pena que Wilde no viera sino carne en Lloyd, pues en Las 300 cartas de Constance se observa la gran profundidad del cuerpo de su mujer. Atormentada, desfigurada, infeliz, tenía todo lo que podía desear sobre la piel, pero tras ella estaba completamente vacía, lo que intentaba remendar con hondas reflexiones.

Sonia Greene

Howard Lovecraft era un hombre solitario, prepotente y opaco. En su oscuridad sumió a Sonia Greene, quien fue su esposa desde 1924 hasta 1926. Durante estos dos años ambos colaboraron en el desarrollo de sus obras, las cuales se suelen atribuir únicamente a Lovecraft, como The horror at Martin´s beach. El distanciamiento de éste de la sociedad le otorgó un aire de misticismo que favoreció la difusión de sus libros. Con su suerte, su talento y su personalidad insólita, no tardó en ser uno de los escritores más leídos en los Estados Unidos.

En el poco tiempo que le acompañó, Greene se dedicó a observar, a aprender de un marido que despreciaba el contacto carnal y defendía el papel esencial del hombre en la comunidad frente a la mujer. Aunque en principio se dejó cautivar por su pluma y sus pensamientos, Greene comprendió con el paso de los días que no podría soportar una vida así por mucho tiempo. Ella no estaba dispuesta a que le relegaran a segundo plano, y mucho menos que la persona a la que tanto amaba no le demostrara la reciprocidad del sentimiento.

Con su divorcio evitó pasar por la vida con disgusto, pero no pudo impedir que el nombre de Lovecraft la eclipsara. Sus poemas y relatos cortos, algunos incluidos en el recopilatorio realizado  por Lovecraft, Something about cats and other pieces fueron relegados a la literatura de clase B escondida por un marido un tanto machista.

Vera Nabokov junto a su marido.
Vera Nabokov junto a su marido.

Vera Nabokov

Vera, nombre precioso pero invisible debido a su marido Vladimir, que no tuvo culpa de ello. En 1925 se conformó el matrimonio Nabokov. La pareja era fiel a la frase “detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer”, pero siempre detrás. Ésto le ocurrió a Vera. El inevitable protagonismo de Vladimir Nabokov, referente de la literatura rusa tras la revolución bolchevique, ensombreció a Vera, consolada por el amor de un marido dedicado plenamente a las palabras y a ella. Ella era sus palabras.

Vera también se ocupó completamente de su esposo. Leyó sus libros antes de ser llevados al editor, los corrigió y calificó. Siempre con una sonrisa. Su marido confió en ella para estas tareas porque conocía su extrema cultura, sus brillantes juicios, y talento para las letras. No obstante, su labor la privó de elaborar sus propias novelas, aunque sí trazó sus días bajo la luz de una vela. El amor que desplegó en vida lo retrató sobre las páginas de un diario, de las que se concluye que el amor es una mezcla de admiración, orgullo, sinceridad, confianza, compromiso y un toque de no sé qué. No existe el amor como sentimiento concreto.

Martha Gellhorn

Es difícil desarrollar afecto a alguien en tiempos de guerra. Sin embargo, a Ernst Hemingway y Martha Gellhorn el conflicto les hizo unirse, y al final eso fue su relación, un conflicto. El célebre escritor buscaba una mujer inteligente y bella que estuviera pendiente de él. Gellhorn tenía las dos primeras cualidades, pero su trabajo no le permitía mantener su atención en su marido, y ella tampoco quería.

Gellhorn era corresponsal de guerra, una de las mejores periodistas del siglo XX. La guerra civil española, la Segunda Guerra Mundial o la guerra de Vietnam la curtieron. Hemingway la atrapó rápidamente con falsas promesas. En 1940 se casaron, pero su convivencia era intermitente debido a los desplazamientos de Gellhorn. Hemingway se cansó de la situación y reclamó a su esposa mayor asistencia en el hogar, obstaculizando su trabajo. La superioridad de la que presumía el escritor (y olvidado periodista) hizo que le preguntara a su mujer: ¿eres corresponsal de guerra o esposa en mi cama?. A Gellhorn le dominaba un fuerte carácter, hartándose pronto de las quejas y los affaire de Hemigway. En 1945 firmaron el divorcio. Hemigway escondió en la memoria de otras muejeres a aquella que dibujó en una de sus obras más famosas: Por quién doblan las campanas.

Zelda Fitzgerald
Zelda Fitzgerald

Zelda Fitzgerald

Caso distinto es el de Zelda Sayre, quien se casó con Scott Fitzgerald en 1920. Tan reconocida como su marido, soportó a disgusto las borracheras del autor de El gran Gatsby, así como las apariencias de pareja ideal que debían ofrecer lejos de las paredes de su casa por la fama que habían obtenido como un par de dramaturgos locamente enamorados. Scott, celoso, prohibió a su mujer publicar su diario y censuraba capítulos de sus obras pues los consideraba ofensivos para él. A pesar de ello, Zelda Fitzgerald mantuvo la compostura, la misma que poseían sus novelas.

Éstos son casos concretos de unas circunstancias muy extendidas, y que hemos reducido al ámbito de la literatura, pero que han abundado también en la pintura o la música. Cuando el término persona se bifurcó entre hombre y mujer, el camino masculino se destacó como el más luminoso, pero poco a poco los caminos se vuelven a encontrar y la luz está siendo compartida.

Óscar Reyes

@OscarRG4

 

3 Comentarios

  1. Me parece un tema muy interesante y se agradece que se dediquen artículos de divulgación cultural como éste, sin embargo creo que es inexacto, a veces poco serio o acertado en el uso de sus terminos y juicios, y en definitiva, bastante forzado.

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  2. Muy buen texto y grandes protagonistas.

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  3. Muy interesante. Aunque no estoy de acuerdo con el título. El tiempo, y el gusto por las letras, se ha encargado de sacar de la sombra aparente” a estas Mujeres. Seres excepcionales. Quizás adelantadas a su tiempo. Apasionante. Por quién doblan las campanas.

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