LA POLÍTICA DEL MIEDO

Una reflexión de Jorge Herrera Santana para ColumnaZero.
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Una reflexión de Jorge Herrera Santana para ColumnaZero.
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Política y miedo tienen mucho que ver. En realidad, la pregunta sería con qué no tiene que ver la política (acabaríamos antes, probablemente), pero la relación entre política y miedo no es una relación cualquiera.

Si algo ha puesto de manifiesto la actual crisis es que vivimos atemorizados. Qué coño atemorizados: acojonados. Miedo colectivo a que la prima de riesgo suba; a que “nos rescaten” y vengan “los hombres de negro”; a perder el curro, o a que lo pierda alguien a nuestro alrededor; a que lleguemos a la consulta y no nos encontremos al doctor de siempre (o peor: a que no nos encontremos a doctor alguno); a que hermanos, hijos y demás familiares en edad escolar reciban una educación peor; a que el banco nos quite la casa, o nos vuelva a timar (comisiones aparte, que eso viene de serie); a que ni carrera, ni máster, ni idiomas sirvan para encontrar un empleo digno; a que estalle una guerra (u otra cosa, no se sabe) y esto se vaya definitivamente a la mierda. Todo ello debidamente aderezado con las dosis de espectáculo y psicosis propias de unos medios de comunicación en ruinas. “Pack completo”.

Lo que caracteriza a la época actual, y a las épocas de crisis en general, es que pasamos de tener ilusión de ganar a tener miedo de perder. “Virgencita, virgencita, que me quede como estoy”. Parece un cambio menor, pero no lo es en absoluto. Se trata de un cambio de filosofía que tiene profundas implicaciones. Políticas también, y sobre todo. Y sobre todo… Si muchas de esas cosas que asociamos a “crisis” no son sino las manifestaciones del nuevo mundo que ha venido para quedarse.

Miedo a la incertidumbre. En ella vivimos y en ella (¿me temo?) estamos cada vez más compelidos a vivir. Porque nos veremos obligados a dejar el “nido” para buscarnos un porvenir, o bien permanecer en él con la ropa lavada y la compra hecha pero sintiéndonos inútiles, frustrados, infelices; porque nuestra familia ya no es (sólo) nuestra familia, sino también la familia que hagamos en el lugar donde residamos; porque nuestro mercado laboral no es el pueblo ni la ciudad, ni siquiera el país, sino el mundo; porque será raro el que trabaje en una sola organización a lo largo de su vida; porque ni siquiera utilizaremos nuestro idioma la mayor parte del tiempo, sino la lengua franca del momento. Pero no todo es malo: tendremos menos ataduras que nunca (la hipoteca, para empezar); tendremos más oportunidades de aprendizaje y crecimiento personal que nunca; dominaremos idiomas y esquemas culturales. Más temerosos, sí, pero más tenaces, críticos y tolerantes. Más libres.

Siempre hemos llevado mal la incertidumbre, y por eso existe la política, la religión… Necesitamos creer. Requerimos una narrativa del mundo, de la realidad que nos rodea. Requerimos sentirnos escuchados y atendidos. Demandamos entender, o sentir que comprendemos.

En esta época nihilista, cruda, en la que cada vez más gente cree en menos cosas, caen los pilares en los que nos asentábamos: familia – casa – trabajo – iglesia – partido político, entre otros. Ya sólo permanecemos leales al otro partido: el de fútbol. Porque “mi Atleti no me lo quita nadie”. ¿Es que el Estado de Bienestar que me prometieron ya no existe? ¿Es que “Papá Estado” ya no me protege? La respuesta es: cada vez menos. Y por eso… Plan de pensiones.

¿Y qué tiene todo esto que ver con las próximas elecciones europeas? Mucho. A pesar de que el Parlamento Europeo, que elegimos todos, tiene más competencias que nunca; a pesar de que por primera vez en la historia de la Unión los cabezas de lista son también candidatos a presidir la Comisión, el gobierno comunitario; a pesar de que Europa se enfrenta a una encrucijada histórica acerca de qué camino seguir (¿más integración o menos? ¿una Europa más “social” o menos?); los antieuropeístas (con frecuencia, antipolíticos en general) o “euroescépticos” ganan terreno.

El nacionalismo es siempre garantía de éxito, máxime en tiempos de crisis. Porque mi nación es única y especial; irrepetible. Habla una lengua propia, y posee un acervo común. Porque si hay riesgo de que pierda mi trabajo, que no vengan inmigrantes que puedan arrebatármelo (cuando España ha sido tradicionalmente un país de emigrantes, y cuando hasta ayer esos mismos inmigrantes hacían el trabajo que nadie quería). Porque si los políticos, todos, me roban, que venga un salvapatrias que quizás lo haga también, pero al menos será “uno de los nuestros”. Porque si no sé lo que esta generalizada apertura de fronteras me depara, prefiero encerrarme en mi pueblo de toda la vida, con la gente de toda la vida y el trabajo de toda la vida… Toda la vida. Los nacionalismos provocaron las guerras que la Unión (antes Comunidad) Europea trató de enterrar para siempre, y hay algunos que, viendo en la coyuntura el filón, tratan de revivir los fantasmas de la barbarie.

Los nacionalismos, los extremismos, la antipolítica… Se alimentan del miedo. No caigamos en la trampa dándoles de comer.

Jorge Herrera Santana

@JHS91

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