LA “MARCA ESPAÑA”

Una reflexión de Jorge Herrera para ColumnaZero.
VN:F [1.9.22_1171]
Rating: +5 (from 7 votes)
VN:F [1.9.22_1171]
Rating: 8.5/10 (11 votes cast)
Una reflexión de Jorge Herrera Santana para ColumnaZero.
Una reflexión de Jorge Herrera Santana para ColumnaZero.

Creo en la política. Expresarlo se ha convertido, a estas alturas, en apuesta arriesgada. Los hay que te miran sorprendidos. Otros decepcionados. Y algunos callan. No sé qué es peor.

Opino que el desprestigio de la política nace de su incorrecta interpretación. En otras palabras: la política suele entenderse mal. Nos cuesta, como sociedad, deslindar política y políticos. El desprestigio de los políticos se ha convertido en desprestigio de la política. Y eso, además de erróneo, me parece peligroso.

La única alternativa a la política es la violencia. La política es el encauzamiento del conflicto (natural, comprensible) que nace de personas, opiniones, circunstancias (¡vidas!) diferentes. En ocasiones, incluso opuestas.

O dialogamos (la política es, aunque cada vez lo sea menos, diálogo, negociación, transacción), o nos damos palos. La política es una conquista. Un artificio humano. Probablemente, la mayor construcción que como especie hemos desarrollado.

Precisamente porque creo en la política, su desprestigio me entristece. Y que a su desprestigio contribuya no sólo, como decía, su incorrecta comprensión (o incomprensión, directamente), sino también el mal hacer de algunos de los encargados de ponerla en práctica, los políticos, no me entristece: me cabrea.

Este Gobierno se ha vanagloriado de la “marca España”. Estoy cansado de oír el eslogan. Las protestas dañan la “marca España”. Los pitidos. Las interrupciones en el Congreso desde la tribuna de invitados. Hagamos la lista, y veremos que todo lo que “daña la marca España” proviene de la ciudadanía. Mira por dónde.

Sostenía que la antipolítica, caldo de cultivo en tiempos de crisis, es peligrosa. La Europa de entreguerras constituye un ejemplo paradigmático (de ahí la obsesión alemana por la inflación…). No es que crea que vayan a resurgir los fascismos en el Viejo Continente, pero sí pueden, por ejemplo, ganar terreno los partidos de tal corte en las próximas elecciones europeas (panorama más que probable); y si lo que se requiere es más integración, no menos, ante tal circunstancia debemos inquietarnos. Una Europa que falla no por unificada, sino por todo lo contrario (por integraciones disfuncionales e incompletas), necesita de impulsos, no de cortapisas.

El “todos son iguales” (en referencia a los políticos) no sólo no es verdad, sino que además es contraproducente. Si dañamos gratuitamente la política, no estamos dañando a los políticos: nos estamos dañando a nosotros mismos. La política existe mientras existan alternativas. Si la política es secuestrada por el poder (ya sea político, económico o de cualquier índole), las alternativas para los ciudadanos se reducen. De antipolítica a populismo, y de populismo… A menor libertad.

Pero todo esto venía por la “marca España”. “Marca España” hasta la extenuación. Nos están quitando alternativas (política, ¿recuerdan?), y muchas veces (porque parece que está de moda) con el pretexto de no dañar la “marca España”. Da la sensación de que todo debe reconducirse o se reconduce al terreno económico: lo negativo no es negativo en sí mismo, por inmoral o por cualquier otra consideración, sino antes, y sobre todo, por desaconsejable económicamente. Una mercantilización del espacio público conmovedora.

A mí me parece que lo que verdaderamente daña la marca España es la imagen que transmitimos. En general, como país. Y de esa imagen tiene especial responsabilidad la que se ha dado en llamar clase política (concepto que me disgusta, porque nace de esa antipolítica que toma la parte por el todo), y por supuesto el Gobierno de turno. Nuestro Presidente hace el ridículo: por no saber inglés en primer lugar (como mínimo, inglés debería dominar), pero también por las ridículas expresiones faciales que acostumbra a poner. Asesor de imagen ya, por favor; y si lo tiene, que entiendo que sí, destitución inmediata. Eso para empezar. Pero hay más. Fuera de nuestras fronteras se nos tiene como un país poco serio, y con razón: nos obligamos a una cifra de déficit, pero como no se lleva un control riguroso de las Administraciones Públicas (lógico, teniendo en cuenta todos los niveles de gobierno que existen y el absoluto “mix” competencial imperante, por el que no se sabe bien quién se ocupa de qué), “disculpe usted por Dios”. Contribuye el estereotipo que hemos cultivado: fiesta y siesta. Buscando turistas, hemos vendido toros y parranda. Y esas imágenes o identificaciones no son fáciles de cambiar. Pero tampoco parece haber interés: drástico recorte en I+D+i, y ni palabra de reindustrializar ciertas áreas en ciertos ámbitos. No dejo de preguntarme de qué pensamos vivir una vez “superemos” la crisis. Seguimos: Ley de Seguridad Ciudadana. Pero queda lo “mejor”: Ley del (no)Aborto. El Gobierno francés envía una carta acojonado, pero oye, nos apoya Le Pen. Palmas.

LA “MARCA ESPAÑA”

Éste es un país de pandereta en el que, en general, no se dialoga ni se razona: nos gusta la trinchera. No hay más que ver el debate público. Pobre, sin altura. Somos, además, un pueblo inculto y con una cultura política parroquial, lejos de otros como el británico, alemán o francés.

Nos gobierna la derecha más a la derecha. La más casposa. Triunfa, así, el PP conservador, no el liberal. La pérdida de derechos y libertades es palpable e inquietante. La senda es clara. Y previniendo el que se me pueda tachar de parcial: el PSOE no sólo no se queda atrás, sino que se quedó atrás hace tiempo. Rubalcaba hace el ridículo, y su partido, en las actuales circunstancias, da pena. “Lo que el viento se llevó”.

Mi decepción con los gobernantes españoles es sólo comparable a la que siento por la ciudadanía de este país. Se ríen de nosotros, hay innumerables ejemplos (¿Bárcenas? ¿registro de la sede del partido en el Gobierno? ¿ruedas de prensa sin preguntas, o con los periodistas situados en una sala anexa asistiendo al “show” por una televisión de plasma?); y sin embargo, siguen siendo muchos más los que pegan cuatro golpes encima de la mesa del bar que los que se involucran de alguna manera: ya sea informándose, entrando a formar parte de alguna asociación o saliendo a la calle a manifestarse. Ay, la “mayoría silenciosa”.

La política se enfrenta en el mundo postmoderno actual a importantes constreñimientos y desafíos. Y tales constreñimientos y desafíos son también responsables de su desprestigio (no todo es imputable a los políticos como generalidad, por tanto). Algunos de ellos son unas finanzas desbocadas (en tiempo y en espacio) difíciles de controlar a niveles de decisión distintos a los supranacionales; unos niveles de decisión supranacionales que, por su propia naturaleza, son lentos y con frecuencia disfuncionales (muchos actores e intereses en liza, como pone de manifiesto la UE); unas economías emergentes que, en general, basan su éxito en la dictadura política (centralización, y por tanto celeridad, en la toma de decisiones), en el dumping social o en ambos elementos, circunstancias frente a las que Europa occidental, símbolo del Estado del Bienestar, debe responder con estrategias diferentes y por ello complejas; etc.

Pero todo ello no oculta que este país necesita una reforma en profundidad. Hay que repensarlo a todos los niveles: político (Constitución, monarquía, organización y funcionamiento de los partidos, régimen territorial…), económico (modelo económico, mercado de trabajo, sanidad y educación, fuentes energéticas, fiscalidad…), etcétera. Es un país enquistado porque se limita a capear el temporal: no hay proyecto de futuro, ni objetivos claros conforme a los que desarrollar un plan de acción. Ofrece síntomas de agotamiento.

Si no entendemos que la corrupción y la desvergüenza se alimentan de nuestra pasividad, y que el motor de cambio somos nosotros, los ciudadanos (a la vista está que hay demasiadas prerrogativas que los partidos, en especial PP y PSOE, tratan de proteger, aun a costa del interés general), seguiremos en las mismas. Con suerte “saldremos” (costes sociales mediante, claro)… Para volver a cometer los mismos errores. Pan para hoy, hambre para mañana. Y no es idealismo: el cambio empieza por el voto, y el voto, por nuestra conciencia.

Jorge Herrera Santana

@JHS91

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here