LA DERIVA SOBERANISTA: REFLEXIONES SOBRE UN DESENLACE ANUNCIADO

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LA DERIVA SOBERANISTA: REFLEXIONES SOBRE UN DESENLACE ANUNCIADO
Un artículo de Miguel Ángel Aguilar Rancel para ColumnaZero.

El ambiente y los acontecimientos políticos en Cataluña durante los últimos meses no deberían asombrar a nadie.

La legitimidad de los nacionalismos subestatales, magnificada por su presunta oposición al Franquismo y las políticas exclusionistas de éste, se saldaron con una propuesta constitucional que pretendiendo apagar unos rescoldos, no hizo más que arrojarles gasolina. Sólo la absoluta incomprensión de la naturaleza de cualquier nacionalismo puede explicar un modelo que abrió las puertas a la asimetría territorial y aceleró el acceso a la autonomía de aquellos territorios que gozaron de cierto autogobierno en el pasado [Disposición transitoria segunda]. Junto con dos regímenes fiscales diferenciados, ello dio pie a denotar “nacionalidades históricas”, en colisión con la propia “soberanía” establecida en el texto constitucional. Residiendo en el “pueblo español”, la soberanía nacional no debería poder reconocer ningún derecho “histórico” que no devenga de ella misma y mucho menos posibilitar diferencias jurídicas entre ciudadanos y territorios.

Las diferentes leyes electorales han acabado por agravar el problema, favoreciendo de forma desmesurada la representación de los partidos locales, esencialmente “nacionalistas”, frente a los partidos de ámbito nacional español con electorados potencialmente similares o incluso superiores. Un expediente constitucional tan pintoresco como la investidura parlamentaria de un nuevo candidato a presidente del gobierno, ha favorecido que los partidos ganadores tengan que comprometerse en alianzas más estables con los partidos nacionalistas, quienes llevan lustros asegurando su apoyo a cambio de inacabables sesiones de competencias o subvenciones.

Mientras, y de forma muy variable, las diferentes comunidades autónomas han adquirido competencias extemporáneas ‒cuerpos de seguridad‒ o innecesarias ‒televisiones‒, íntimamente asociadas al desarrollo de campañas identitarias. No constituye ninguna sorpresa que estas sinergias se hayan acentuado en comunidades presuntamente más ricas y con un bilingüismo matriz, que tiende a promoverse como monolingüismo vernacular. El recurso a un victimismo identitario constituye el lógico punto final de un proceso irresponsable y disfuncional, tolerado o amparado por los dos grandes partidos nacionales mayoritarios, y concretado en un inacabable techo de reclamaciones competenciales y un panorama de descentralización asimétrica, ineficaz, muy costosa y fuertemente contaminada de contenidos emocionales separatistas.

Parece una lógica consecuencia del resbaladizo diseño y desarrollo constitucionales, así como de la generalizada ceguera ante la verdadera naturaleza de los “partidos nacionalistas”, como tales inexistentes en repúblicas federales como Alemania o Estados Unidos. El nacionalismo sólo muestra como elemento ideológico diferencial la propia reivindicación identitaria, y es por ello que la reivindicación es intrínseca e inagotable, so riesgo de su propia extinción electoral. Y esa reivindicación puede conducir al panorama con el que la Generalidad de Cataluña lleva meses confrontando a España. Nada soluciona en este contexto recordar a los defensores de este movimiento secesionista que si tal reivindicación no es asunto de todos los españoles, resultaría igualmente legítimo el derecho secesionista de los araneses, o de cualquier otra comunidad geográfico-cultural sita en el Principado. Que tal eventualidad sería contestada desde el catalanismo oficial con llamadas a “derechos históricos” y otros vagos argumentos emocionales nos sitúa con claridad en lo que el “nacionalismo ideológico” significa.

La responsabilidad política común aconseja con celeridad una refundación constitucional consensuada, que ‒entre otros puntos‒ establezca un “Reino Federal” constituido por “países federales” simétricos, de competencias iguales y mucho más dimensionadas. Las consecuencias de lo contrario lo estamos comprobando justo en este complejo momento histórico.

Miguel Ángel Aguilar Rancel

Doctor en Ciencias Humanas y Sociales

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