JAMES BUTLER Y SAM KELLERMAN: EL MARTILLO DE HARLEM Y UN HOMBRE DEL RENACIMIENTO

Un artículo de Pablo García Lanza para ColumnaZero.
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Un artículo de Pablo García Lanza para ColumnaZero.
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Principios de los 90, imaginen a dos adolescentes intercambiando golpes en el ring de un viejo gimnasio cercano a Times Square. A simple vista, los dos muchachos eran muy diferentes entre sí, pero tenían algo en común: a los dos les esperaba un futuro inmediato brillante y un desenlace trágico.

Uno de ellos era James Butler Jr, afroamericano, criado a medio camino entre la casa de su madre, en uno de los edificios más problemáticos del Harlem Neoyorkino y el reformatorio Foster, al que acudía una y otra vez, debido a sus problemas con la ley desde que prácticamente era un niño. Era un joven de comportamiento extraño, callado, irascible e impredecible. Pero tenía unas cualidades naturales para el boxeo que le convertían en un diamante en bruto para sus entrenadores. Fuerte físicamente, rápido, ágil y duro, muy duro. Su dureza era la de aquel que, pese a no tener experiencia profesional en un ring, sabe lo que es desenvolverse en las peleas callejeras de uno de los barrios más violentos de Nueva York, donde se había ganado su apodo de “El martillo”.

El otro era Sam Kellerman, caucásico y judío, criado en el lujoso apartamento que sus padres (un afamado psicoanalista y una pintora) poseían en la 5ª Avenida de Nueva York. Estudió en el prestigioso Instituto Stuyvesant y posteriormente, se graduaría en la Universidad de Columbia. Boxísticamente, no era un producto aprovechable. Demasiado lento, demasiado frágil físicamente, pero con la clase de determinación en su mirada que hacía que sus compañeros de entrenamiento, al menos, le respetasen.

El entrenador de aquel gimnasio era Alexander Newbold, un viejo zorro, que sabía lo fácil que era para los jóvenes que allí entrenaban, meterse en problemas en su tiempo libre. Así que, les animaba a sociabilizar entre ellos fuera del gimnasio. La idea era simple. Iba a costar más que faltasen a un entrenamiento, si después de ponerse los guantes, salían a beber unas cervezas con sus compañeros.

Como Butler y Kellerman acabaron siendo amigos inseparables, teniendo tan pocas cosas en común, a día de hoy sigue siendo difícil de explicar. Probablemente, cada uno aportase al otro, cosas distintas. Para uno, significaba tener contacto con el lado excéntrico de la ciudad, con las fiestas universitarias y los apartamentos de lujo. Para el otro, era un nexo con el lado decadente, la marginalidad y la delincuencia.

Si se están preguntando por qué a alguien de un barrio acomodado le atraían esos conceptos, piensen en por qué en muchas ciudades del norte de Europa, un montón de chicos blancos imitan movimientos “Gangsta” mientras bailan Hip-Hop en las discotecas los sábados por la noche. O por qué hay una excursión en Nueva York llamada “Contrastes”, en la que un montón de turistas ataviados con bermudas, gafas de sol y camisetas de los Yankees, visitan los barrios más pobres de la ciudad, amparados por la relativa seguridad que les ofrece el cristal de un mini-bus.

Hay algo visceral y salvaje en los mitos de la cultura afroamericana, que seduce a los chicos blancos de buena familia.

A finales de la década, James Butler y Sam Kellerman ya habían empezado a brillar, aunque en ámbitos diferentes. Butler había comenzado su carrera profesional en el boxeo, peso supermediano, y estaba arrasando, uno tras otro, con los rivales de poca entidad a los que se enfrentaba. Poco a poco iba escalando en los rankings. Pero en el boxeo, aún mucho más que en otros aspectos de la vida. Tener un padrino o un mecenas, hace que el camino al estrellato y a las grandes cifras monetarias de las peleas en los Casinos de Las Vegas, sea mucho más corto…. y ahí, es donde su gran amigo podía ayudarle.

Sam Kellerman nunca tuvo en su cabeza hacerse profesional del boxeo, sabía que no tenía cualidades para ello. Pero en cambio, era lo que muchos han definido como un hombre del Renacimiento: había actuado en algunos anuncios comerciales para la cadena HBO, producía videos musicales y estaba escribiendo con su abuelo, un libro sobre lenguaje Yiddish. Pero lo más importante para la carrera de Butler, era que Max Kellerman, el hermano mayor de Sam, se había convertido en uno de los periodistas especializados en boxeo más importantes del país. Así que Sam, empezó a presionar a su hermano para que influyese en la cadena en la que trabajaba y empezase a colocar a su gran amigo en veladas cada vez más importantes.

Eran jóvenes, tenían talento, y parecía que cada uno se iba a instalar en el éxito en sus respectivas profesiones, hasta que James Butler se golpeó con “The wall”. Esta es una expresión muy utilizada en el periodismo deportivo americano para expresar la diferencia que existe entre un deportista novato, y otro de élite. El joven Butler era un gran atleta, pero no un gran boxeador. Sus condiciones naturales eran innegables, pero nunca se preocupó de pulir su técnica. En los entrenamientos y en los primeros combates de su carrera contra jornaleros que cobraban 50 dólares por combate, le bastaba imponer su superioridad física para dominar las peleas. Pero cuando se asomó a la élite, llegaron las derrotas. Simplemente, porque para triunfar entre los mejores, tener sólo cualidades, no basta. Así, el 1 de Septiembre de 2001 perdió contra Sven Ottke el combate que le pudo haber convertido en Campeón del Mundo del Peso Supermedio.

Pero, ironías de la vida, lo que para muchos es una tragedia, para uno sólo, se puede convertir en oportunidad. Diez días después de aquel combate, se produjeron los atentados del 11-S y un par de meses después, se decidió montar en el Roseland Balroom de Nueva York, una velada de boxeo con fines benéficos en favor de las víctimas. Lo mas lógico es que después de perder claramente en un combate por el título, Butler hubiese descendido bastante en los rankings, y hubiese tenido que esperar para volver a boxear en un combate televisado a nivel nacional. Pero éste llamó a su amigo Sam, que a su vez presionó a su hermano, y en un abrir y cerrar de ojos, se encontró con su última gran oportunidad. Sabía que si volvía a perder iba a resultar muy difícil resucitar su carrera, dos derrotas consecutivas te convierten en material defectuoso en un mundo como el del boxeo.

Aquella noche su rival se llamaba Richard Grant. Era un boxeador más bajo, con menos alcance de brazo y menos pegada que Butler, pero era mucho más técnico. Esa noche, Butler lo intentó de todas las formas posibles, pero nunca consiguió golpear a Grant, que sin arriesgar nada, simplemente manteniéndose disciplinado en su defensa y su “Jab” acabó ganando el combate en las cartulinas de los jueces. Pero nadie en aquel momento, intuía lo que iba a pasar a continuación: el suceso que inició el descenso a los infiernos de la vida de James Butler.

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Acabado el combate, los entrenadores despojaron a los boxeadores de los guantes, se anunció la victoria de Grant y cuando éste fue a abrazar y felicitar a Butler por el combate, éste otro, le recibió con un tremendo gancho de derecha, que partió la mandíbula de Grant y provocó que se le tuviesen que dar más de 20 puntos de sutura en el interior de la boca. Lo más grave para Butler, es que no llevaba los guantes cuando golpeo a Grant, lo que hacía que esa acción ya no fuese una falta deportiva, sino un delito de asalto.

Por mucho que se arrepintiese después de los hechos, entre la atrocidad que había cometido, y el estado de tristeza e indignación en el que se encontraba sumida la sociedad americana en aquel momento, acabó siendo condenado a 4 meses de cárcel por aquel puñetazo.

Aquel suceso fue un duro golpe para Sam Kellerman, que siempre había tratado de promocionar a su amigo, y le había defendido delante de los que decían que su comportamiento era demasiado impredecible. Pero por otro lado, su carrera profesional seguía ascendiendo y nuevos proyectos, hicieron que se mudase a la Costa Oeste, a la ciudad de Los Ángeles. Ahora, tenía la oportunidad de compaginar la producción de videos musicales, con la escritura de artículos en una revista de actualidad.

Cuando Butler salió de la cárcel, trató de reanudar su carrera pero ya ni su gran amigo podía ayudarle. La acción que había realizado delante de los espectadores de todo el país, le había convertido en un proscrito para la mayoría de los promotores que no le querían en sus veladas. Por si eso fuese poco, en la cárcel se le había obligado a una revisión psiquiátrica en la que se le había diagnosticado un trastorno bipolar. La medicación que se le recetó, le hacía controlar sus ataques de ira, pero le generaban somnolencia y bajaban sus reflejos, lo que le hacía imposible la práctica del boxeo. Cuando lo más lógico hubiese sido abandonar el deporte, Butler decidió abandonar la medicación.

Tres años después solo había conseguido realizar un par de peleas en viejos gimnasios, por un puñado de dólares. Se había convertido en uno de esos jornaleros a los que él se enfrentó al inicio de su carrera. La frustración que sentía era tan grande que apenas podía dormir y su comportamiento era cada vez más errático. Decidió cambiar de aires durante un tiempo, lo que le hizo llamar de nuevo a su amigo Sam y pedirle si podía viajar a Los Ángeles y pasar unos días en su casa. Le dijo que no quería hablar de boxeo, que quería pasar un tiempo tranquilo, y alejarse unos días de su novia, con la que estaba teniendo problemas. Sam Kellerman aceptó aquella propuesta sin mucha ilusión. Era un gran amigo de su juventud, pero en esta etapa de su vida ya no sabía muy bien dónde ubicarle.

El 17 de Octubre de 2004, dos semanas después de que Butler viajase a Los Ángeles, los bomberos recibieron una llamada de los vecinos de Sam Kelerman advirtiendo que se había producido un fuego en el apartamento de este último. El incendio no había sido muy grave, tan solo había afectado a unos muebles de la cocina y al papel pintado del salón. Pero los bomberos habían encontrado a Sam Kellerman muerto en una silla enfrente de su ordenador, con la cabeza destrozada, como si alguien se hubiese ensañado con él. La autopsia reveló que llevaba cinco días muerto. La policía inició la investigación y colocó a un desaparecido Butler como principal sospechoso. Al día siguiente, interceptó unas llamadas de Butler a su novia de Nueva York diciéndole mientras lloraba “¡No debí hacerlo!, ¡no sé por qué lo he hecho!”. Fue detenido tres días después.

En el juicio por el asesinato de Sam Kellerman, Butler se declaró inocente en un primer momento. Pero al ver la avalancha de pruebas que se acumulaban contra él, su abogado de oficio, Jack Keenan le recomendó confesar y tratar de rebajar la pena, alegando su trastorno bipolar. Butler reconoció que cuando su amigo intentó echarle de su apartamento, sacó un martillo del armario y le golpeó con él unas 30 veces en la cabeza.  Unos días después, volvió al apartamento y trato de provocar un incendio para encubrir los hechos.

En 2006,  James Butler fue condenado a 29 años de cárcel.

A América le encantan las grandes historias de redención, las de los deportistas díscolos que se acaban reformando para tener un gran final de carrera. No es este el caso. Esta es una de esas historias, que no esconden una moraleja en su final. James Butler y Sam Kellerman, tan sólo fueron dos jóvenes ambiciosos y con talento, que escribieron una de esas historias trágicas de ascenso y caída, que en ningún sitio se entienden mejor que en la ciudad de Nueva York.

Pablo García Lanza

@pagarlan

9 Comentarios

  1. Me pareció absurdo que solo le hayan dado 4 meses de cárcel. También devieron condenarlo a no estar mas de 100 metros de un ring o un gimnasio. Me da pena por sam no debió ser amigo de esta basura de persona, descansa en paz kellerman

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  2. Excelente la redacción gracias …

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  3. Te felicito, esta excelentemente escrito. Es una de esas historias en las que empezas a leerlas y no paras hasta que la termines, gran capacidad de escritura.

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  4. Excelente historia, muy cruda y sorprendente, el puñetazo aquel tristemente famoso, es solo la punta del iceberg de la vida traumatica y descarrilada de un hombre que nunca aprendió que en la vida aveces se gana y otras se pierde y que es un grave error culpar a los demás de nuestras propias malas decisiones.

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  5. Estoy de acuerdo con Ángel , me parece que está muy bien redactado , pero también pienso que el señor butler es el producto de una sociedad agresiva , dura y difícil para un joven como el , no es ser reactivo es solo que no puedes pedir mucho de gente que viene de esos lugares , por supuesto que hay casos excepcionales y cualquiera podría darme un ejemplo pero precisamente por eso son conocidos , por qué son contados , el señor butler es el producto de una sociedad perturbada y podrida

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  6. Vi un vídeo un facebook y me llamó la atención y me puse a buscar información.. muy bien redactada la historia.. atrapaste mi atención!.

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  7. Sam murió por confiar q pena q este hombre sea tan agresivo el boxeador

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