FEUD: BETTE Y JOAN, ENEMIGAS MUY ÍNTIMAS

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Un artículo de Javier Ateca para ColumnaZero.

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Dos de las más grandes leyendas que ha dado el cine, Bette Davis y Joan Crawford, fueron enemigas acérrimas fuera de la pantalla, pero el odio que se tuvieron, sirvió para hacer aún más grande su leyenda, y de paso, una de las películas más inquietantes de la década de los 60. Esta es su (según cuentan) su historia…

Ryan Murphy, periodista reconvertido en creador de series, ha sabido dar con las claves del éxito de la ficción justo en el momento en el que las miradas más subversivas, son reclutadas a golpe de talonario por las grandes cadenas, absolutas devoradoras de talento y sangre nueva. Su nombre comenzó a sonar con su primera serie: Nip/Tuck, una historia inclasificable, valiente, delirante, y novedosa que supuso no ya, un soplo de aire fresco, sino un huracán que arrasó los cimientos de una industria que ya denotaba signos claros de falta de creatividad. Pero aun así, era una serie minoritaria. No había prisa. Estaba a punto de llegar su gran pelotazo, Glee, en apariencia, una inofensiva serie musical para adolescentes, donde el travieso Murphy comenzó a hacer de las suyas. Argumentos políticamente incorrectos para una televisión tan puritana como la norteamericana, le pusieron en la diana del conservadurismo más feroz al ver como a golpe de pegadizas (y mediocres) melodías, se trataban temas como la homosexualidad, el aborto, las drogas en un contexto adolescente protagonizado por actores algo más talluditos… Su irreverencia tuvo premio, y se convirtió en el enfant terrible de la televisión, título que él ha sabido rentabilizar como nadie.

Ya tenía las herramientas, las había pulido y solo quedaba poner en pie su nueva criatura. Y llegó American Horror Story, una serie de terror que de nuevo, consigue el éxito y le sitúa ya como uno de los creadores más importantes de la televisión actual. Rizando el rizo, al término de la primera temporada, Murphy sorprende a todos con algo inédito hasta la fecha. La segunda temporada no seguirá la historia original, sino que contará con una nueva, interpretada por actores diferentes (aunque no pueda pasar de contratar a sus mitos dándoles nuevos papeles). Y de nuevo, esta locura… ¡funciona!. Seis temporadas a cada cual más salvaje donde se permite auténticas orgías de sangre, violencia y sexo. Posiblemente, las líneas rojas que se ha atrevido a cruzar sin mirar a los lados.

Por eso, o precisamente por todos estos motivos, a nadie sorprendió el anuncio de su nuevo proyecto: Feud. Feud viene a significar “una historia que ha existido entre dos personas o grupos, causante de mucha ira y violencia”. Si echamos un vistazo a la historia más reciente, saldrían mil, pero él, conocedor como pocos de cómo crear expectación (llámalo revuelo), se ha metido en las cloacas del Hollywood dorado para ofrecernos la guerra salvaje que mantuvieron dos de sus estrellas más rutilantes, Bette Davis y Joan Crawford. Fácil equivocarse si uno cree que va a asistir a un culebrón de lujo, que lo es, pero aquí hay mucho más. Porque esta es la historia de dos mujeres rotas, mercancía dañada para una meca del cine, especializada en la búsqueda de seres frágiles a quienes poder manipular con facilidad, para, tras un proceso de restauración, ser vendidos, explotados hasta el límite, y tirados a la basura cuando la vaca no da más leche. Y sin remordimiento. Ya sabemos eso de cuanto más alto se llegue más dura será la caída. Que nadie lo dude. Dura…y mortal. Pero aquí hay mucho más. Esta serie disecciona sin pudor cómo ya en los 60, ser mujer y pasar de los 40, era un pecado tan mortal que te condenaba al olvido más cruel. ¡Qué poco hemos cambiado…!

FEUD: BETTE Y JOAN, ENEMIGAS MUY ÍNTIMAS

Bette y Joan, las dos caras de una misma moneda

Se odiaron y mucho, pero en cuanto uno comienza a ver la serie, desaparece esa idea. No creo que fuera odio, sino el destino de dos mujeres que fueron empujadas una contra la otra, con el único fin de poder vender su sangre. Fueron mucho más parecidas de lo que les hubiera gustado. Eran un amargo espejo, la una para la otra, hasta el punto de no haber sido lo que fueron, si una de ellas no hubiera existido. Lo que veían les producía rechazo, ira, dolor, angustia, miedo, porque lo que proyectaba ese espejo no tan imaginario, no era de su agrado, lo que veían era simple y llanamente la verdad, la pura verdad: la esencia de lo que eran, en lo que se habían convertido y… cuánto lo odiaban. Así que, en un acto propio de cualquier ser humano, proyectaron ese odio contra la otra. Más bien se lo arrojaron a la cara. ¿Más sano? Seguramente no, pero más humano. Lanzar tu ira contra alguien que se parece tanto a ti no es de santos, pero seamos serios, Hollywood no vendía santos, vendía demonios, irresistibles, todo hay que decirlo, pero demonios.

Nadie las amó (excepto un público que las abandonó a la primera cana), y por eso, ellas nunca supieron amar, ni a sus parejas, ni a sus hijos, ni siquiera a su público. Solo amaban su profesión, porque al final y al cabo, y a pesar del precio que pagaron, esa profesión las hizo fuertes, o al menos, autosuficientes para pagarse al menos esas botellas de alcohol y esos cientos de cigarrillos, con los que consumían una vida que pasaba demasiado rápida.

Feud: Bette y Joan es un retrato muy amargo, duro, helado. Yo he echado de menos un poquito más de humor, de humor negro, de ese del hizo bandera la gran Bette Davis. Aseguran que llegó a decir: “no la mearía ni aunque estuviese en llamas”. Fin de la cita. Aplauso general. Reverencia. Lo que nadie echará de menos es algunas de las constantes de su creador, un incondicional de la mujer y de todo lo que representa. Aquí, a veces, parece que le importa poco la historia, lo que ocurrió. Solo lo usa como excusa para mostrar al mundo una especie de apartheid contra la mujer fuerte, y sobre todo, contra el olvido al que sometieron a los pocos minutos de haber soplado las velas de sus 40 cumpleaños. Lo trágico es que 50 años después, hayamos avanzado tan poco y el Hollywood (y no solo) de hoy en día, siga siendo una maquina misógina y cobarde.

Esta serie nos muestra como estas dos arpías, porque lo eran, y mucho, se sacaron los ojos mutuamente. Y lo hicieron porque las convencieron que estaban en guerra, pero no las advirtieron, que ellas eran tan solo dos soldaditos insignificantes a quienes pusieron a defender un frente, bajo el mando de un ejército de hombres, curiosamente maduros, dispuestos a comerse sus extrañas si ello les daba más poder, dinero y reconocimiento.

No se puede hacer una reconstrucción de aquella época sin una brillante puesta en escena, un guion muy bien escrito, una banda sonora que homenajea sin pudor a la época que muestra…y por supuesto, sin un reparto dominado, cómo no, por unas mujeres, actrices inconmensurables a las que participar en este proyecto, es un regalo de ida y vuelta, porque ellas lo son para el espectador, incluso para el menos mitómano. Catherine Zeta Jones como una virginal, casi etérea Olivia de Havilland está sencillamente fantástica. Kathy Bates es una todoterreno. Esta mujer queda bien donde la pongas. Engrandece el papel más pequeño para hacer que la recuerdes. Judy Davis tiene ante sí, probablemente el mejor papel de su carrera y ella, da, probablemente, la mejor actuación de su carrera. Jackie Hoffman era una desconocida para mí. Es de esas actrices que te suena pero no sabes dónde la has visto. Nunca más me volverá a ocurrir, porque ahora podré decir, “ah, la mamacita de Feud: Bette y Joan”.

FEUD: BETTE Y JOAN, ENEMIGAS MUY ÍNTIMAS

Dejoamos para el final a Susan Sarandon y a Jessica Lange. Susan es Bette. Y Bette es Susan. No se nos ocurre mejor elección. No solo por su cierto parecido físico. No solo por su voz. No solo por sus gestos. Susan es Bette Davis por su capacidad para construir un personaje seco pero al mismo tiempo tan frágil que puede quebrarse tras un silencio. Susan Sarandon es mucha Susan y solo alguien con tanto talento y tanto recorrido puede interpretar a una diva como la Davis sin caer en el ridículo. El peligro de caer en una caricatura es grande, y de hecho, hay momentos en los que la actriz se asoma a ese precipicio. Pero es su defensa, hay que decir que si el original es un exceso, la copia no puede ser menos.

Por su parte, Jessica Lange es Joan. Un papel más complicado por la contención que muestra al interpretar a una mujer que quiso mostrarse como una gran señora aunque para ello tenga que domar (y ocultar) su verdadero yo. Jessica es lo opuesto a la temperamental Susan. Parece templada, amable, comprensiva, pero es pura fachada. No me cuesta nada imaginármelas tiradas en el barro, luchando a muerte, habiendo pactado, eso sí, los descansos reglamentarios para el chupito y cigarrillo correspondiente. Jessica Lange usa todas sus armas para contrarrestar el torbellino que puede ser Sarandon, y no se corta a la hora de utilizar incluso la inquietud que produce ver ese rostro destrozado por la cirugía (en su vida real), y que aquí usa como máscara para mostrar toda la amargura que le provoca el paso del tiempo al que ella se resiste a base de botellas y botellas de vodka.

Sus esperados duelos lingüísticos son una delicia, van creciendo episodio tras episodio, con escenas memorables, peeeero… se quedan cortos, y, además, carecen del humor negro, corrosivo, del que su creador es un maestro. No se trataba de escribirles monólogos ingeniosos sin descanso pero unas líneas más llenas de frases lapidarias, hubiera desengrasado un poco la historia. El espectador lo hubiese agradecido. Es demasiado tragedia griega, para entendernos.

Para que el que desconozca aquella época, Feud: Bette y Joan les parecerá como un documental sobre dos brujas borrachas y maleducadas capaces de hacer lo que fuera, insisto, lo-que-fuera, con tal de aplastar a su rival. Algo así como un documental de animales de la 2, bañado en alcohol y humo. Para los que, como a mí, esa época nos tiene fascinados, la serie de HBO es como si nos hubieran dejado fisgar en los expedientes secretos de aquel Hollywood donde lo que sucedía detrás de las cámaras, tuvo probablemente, más valor que los cientos de horas de magia que nos proporcionó la mejor época de la historia del cine.

Javier Ateca

@columnazero

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