EL PUERTO DE LA SUERTE

Lyubov Orlova (Foto: Liberation)
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Lyubov Orlova (Foto: Liberation)

Navega abandonado y solitario. Sin nadie que lo maneje. Sin voces por los pasillos ni pisadas en cubierta. Con la única compañía del viento atlántico soplando entre las grúas de metal y balanceando los botes salvavidas. Un barco perdido en medio de todo un océano, con la única virtud de su suerte como destino.

Lyubov Orlova lleva un mes vagando sólo por el Atlántico. Por la noche lo mecen las olas, en plena oscuridad, quizá liberando reflejos efímeros en un juego sin fin con la luna y las estrellas. Sus noventa metros de eslora son el patio perfecto para los juegos de la soledad.

El pasado mes de enero, después de cuarenta años rompiendo gélidos mares, tuvo que detenerse. Sus tornillos no daban para más travesías y un remolcador de capucha negra lo conducía hacia su fin. La chatarrería, el desguace, el matadero de República Dominicana que iba a ser su cementerio. Salían de Canadá ambos gigantes del mar, unidos por un cable impasible, cuando llegó la tormenta. Afiladas lágrimas cayeron del cielo como cuchillos, embraveciendo a los mares y desatando la ira del destino. Fue entonces cuando la tijera divina cortó este hilo de la muerte, enviando al crucero soviético a los inframundos de la vida perdida.

Ahora nadie sabe dónde está. Pero se sospecha que podría navegar rumbo a Irlanda. Tampoco nadie lo quiere. Su casa, las aguas internacionales, es un lugar con pocas reglas, donde no pasa nada por jugar infinitamente al escondite. Para la asociación ecologista Robin des Bois, «está en una especie de vacío y de monstruosidad jurídica». Las miradas de los especialistas en derecho marítimo miran fijamente a su país de bandera en pro de su rescate. Pero las lejanas islas Cook, un archipiélago en el Pacífico Sur, no parece que vayan a vestirse con traje de superhéroe para salvar el Lyubov Orlova.

Puede que se estrelle contra un iceberg o que dé con sus hierros contra la dura roca de las costas de cualquier lugar. Puede que se desangre con el combustible que alojan sus inmensos tanques vitales, produciendo un tremendo daño ecológico allá por donde se extienda su sombra negra. El Lyubov Orlova puede morir matando si nadie detiene su quimera por los mares del mundo, por el mundo de los mares.

Isaías Blázquez

@isaiasblazquez

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