EL PODER DE MIL PALABRAS

Una reflexión de Marta García-Muñoz para ColumnaZero.
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Una reflexión de Marta García-Muñoz para ColumnaZero.

Poco importa que nuestros mayores vean en Anne Igartiburu un halo de perfección casi divino, y tampoco que su imagen les distraiga de su poco hacer. Lo que sí es más preocupante es que cada vez les sea más difícil opinar. Mi abuelo tan pronto maldecía al que compró una barra de pan demasiado cocida como pedía la dimisión de ZP. Para cerrar el primer juicio tenía argumentos suficientes, pues la misma retahíla acompañaba cada comida en casa de este antiguo panadero; para el segundo caso utilizaba los esputos de otros. En realidad mi abuelo solo verbalizaba su furia contra la cara del poder de forma imprevista y en ocasiones demasiado puntuales. Decía ser un hombre “poco entendido en política”; incluso puede que pensara que el vahído de sus ideas y sus alteradas pasiones fueran fruto del chocheo. Yo más bien creo que eran las consecuencias de su afición al “zapping a discreción”.

Mi abuela sigue aspirando a poner todo el peso argumental en lo conocido, puede que esto se deba a que necesita conectar un aparato de escucha al televisor para recibir el sonido. Este maldito aparato suele acoplarse con su audífono, por lo que la mujer prefiere limitarse a observar. Compartía con mi abuelo la admiración por Anne y encuentra un parecido asombroso entre su hija pequeña y la actriz Inma Cuesta. Alguna vez que otra decide conectar el aparato para tratar de escuchar el telediario. Hace ya varios años, confusa ante la realidad del botellón, decidió documentarse preguntándonos a los más jóvenes. Para mi asombro su opinión distaba bastante de la ofrecida en televisión, pese a ser esta imagen ruidosa su único vínculo con lo real. Ella anteponía la idea de reunión social sobre la de borrachera, aunque puede que simplemente quisiera salvarnos, a nosotros sus nietos, de asociarnos inmediatamente con los vándalos de las noticias.

Tú no conoces a mis abuelos. Si el discurso anterior se hiciera en televisión, ¿creerías ficticia la sordera de mi abuela, o dudarías sobre el carácter de mi abuelo? La respuesta sería “depende”. Depende del formato usado, de los actores implicados y, sin dudarlo demasiado, de la capacidad de oratoria del narrador. Si queremos conocer o disfrutar de historias ajenas no nos queda más remedio que rendirnos ante la mediación. La verosimilitud se construye, la credibilidad se asume. El receptor crea una relación de confianza o desconfianza con el emisor; hasta aquí vamos bien. En el peor de los casos, el receptor se olvida de la existencia del emisor. Y es que el mundo, tal y como se presenta ante nuestros sentidos, no tiene narrador.

Los medios son, hasta el momento, esa clase de amigo influyente sobrecargado de personalidad; los receptores los amigos complacientes, ni tan siquiera la sombra de los oradores. La posibilidad de la mediación pura es el gran mito que hay que destruir. Los más inexpertos conocen, por ejemplo, la función y la realidad de un anuncio publicitario. ¿Por qué nos empeñamos en ocultar el tinte creativo de cualquier representación escrita o audiovisual, sea o no periodística? Quizás debiéramos dejar de minusvalorar el poder de mil palabras, y, ya de paso, hacérselo comprender a los que hoy lo tienen tan crudo para opinar. Sólo así estaremos más cerca de la objetividad.

Marta García-Muñoz

@marta_gmd

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