EL OBTURADOR: TODOS QUEREMOS ALGO

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Un artículo de para Columnazero

Un artículo de Manuel Lorenzo Bouzada para Columnazero

Crónica de una vida anunciada.

Todos queremos algo, la duda radica en el qué y el cómo. Richard Linklater estrenó el viernes 1 de julio en España su última película, tras el éxito de crítica y audiencia de Boyhood en 2014. Desde uno de sus primeros largometrajes, Slacker (1991), quedó patente la particular mirada cinematográfica del director de Houston, Texas. No hace falta una trama histérica, trepidante ni aparatosamente hilada. Hay que transmitir, evocar. Y nada mejor que la propia vida para hacerlo.

Todos queremos algo acoge el excitante comienzo universitario de tres jóvenes en 1980. La frenética bienvenida a la independencia y la libertad, convertida en una oda a la juventud y las experiencias que conlleva. Una etapa de luminoso esperpento. Justamente eso, una etapa. Esta es la constante en el cine de Linklater: recoger etapas, diferentes según tiempo y contexto. Horas, días y semanas que transcurren con una falsa careta de estatismo siendo, en realidad, la antesala del cambio o el abrupto traspiés de lo nuevo. La sonrisa socarrona de quien dice mucho sin necesidad de verbalizarlo todo. Y no se trata de enunciar el típico mensaje: cada instante debe ser aprovechado. Es la simple y hasta burda realidad de que la manija se mueve, el sol se pone y el sudor corre por la frente.

En 1993 Linklater estrenó Dazed and Confused (Movida del 76 en España), precuela temática de Todos queremos algo. Aunque los personajes no sean exactamente los mismos, sí lo son sus preocupaciones, planteamientos vitales. Ambas películas confluyen en el retrato de la evolución de unos personajes arquetípicos que, universales y atemporales, conforman el sendero vital que toda persona transita.

Movida del 76 describe el último día de clases en un instituto norteamericano a través de los alumnos del primer y último curso. Inmersos en las actividades despóticas y denigrantes que los veteranos ordenan a los novatos van transluciendo las distintas problemáticas de los personajes: novatos en busca de nuevas experiencias, ritos de iniciación hacia una nueva etapa que afrontan con soberbia y entusiasmo; veteranos que cierran un ciclo en el que lo posterior es inquietante e incierto, un paso más cerca de la adultez, la independencia, la definitiva integración como personas maduras en una sociedad que ya nunca más les permitirá comportarse como niños.

También en Boyhood se pueden atisbar pinceladas de este momento vital. Aquella escena en la que un Mason ya más maduro conduce hacia su destino universitario por una carretera mientras suena el tema “Herode la banda Family of the year, es una buena muestra de ello. Secuencia muy parecida a la que supone el fin de Movida del 76. El futuro que está justo ahí delante y que ya se empieza a recorrer, pero del que, realmente, casi todo lo ignoramos: sólo con la certeza de que se quiera o no, acabará llegando. Nuevas experiencias, el descubrimiento de la individualidad, la ajenidad y la colectividad. Concepciones distintas de la propia forma de ver la vida. Una etapa de emocionante cambio en uno mismo y el mundo que nos acoge: la posibilidad de soñar con las pestañas enhiestas.

Un recital sobre la magia de la juventud. El lugar común más común de los lugares. Todo humano surca este periodo, sin embargo, no siempre con la decisión, frescura y plenitud que Linklater inherentemente le atribuye. Los lugares comunes lo son porque todos, de una manera u otra, acaban tropezando en ellos. Presentarlos con la sencillez, claridad y profundidad que el director de Houston (Texas) logra, merece la alabanza antes que la reprimenda por un tópico manido. Un canto hacia la independencia plasmado en conversaciones sin pretensiones, espontáneas situaciones que en principio no tienen por qué significar nada. En ellas reside el origen del relato que después se configura como biografía personal. Quizá esto del cine se trate de recoger instantes que singularicen y doten de sentido la crónica de una vida anunciada.

Manuel Lorenzo Bouzada

@columnazero

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