EL OBTURADOR: OLD BOY

Un artículo de Miguel Ángel Postigo para ColumnaZero Cine.
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Un artículo de Miguel Ángel Postigo para ColumnaZero Cine.
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Entre la filosofía y el arte.

Old Boy es la obra maestra del director coreano Park Chan-Wook. Gran triunfadora de Cannes y Sitges, la cinta no sólo es trepidante, sino sádica y romántica, con reminiscencias de tragedia griega y barroca, ya que los fascinantes eventos se desarrollan en una incierta dimensión entre la realidad y el sueño: Oh Dae-su, un hombre encerrado en una habitación sin más explicaciones, donde pasará quince años incomunicado, tendrá cinco días para averiguar el porqué vengarse del responsable, Lee Woo-jin, un inaccesible desconocido que controla su destino y le recuerda que el quid de la cuestión no es tanto descubrir su encierro, sino por qué ha sido liberado.

Old Boy es una combinación explosiva, un enigma delirante, donde importan más las preguntas que las respuestas, y unas se sustituyen por otras a medida que el tiempo se agota y el desenlace es inminente. Está cargado de simbolismo y encierra importantes dosis de moral. Todo el contenido filosófico y literario no es azaroso ya que Park Chan-wook estudió filosofía y crítica de arte. Oh Dae-Su (Choi Min.sik) tiene mucho de Edipo, pero también del Segismundo de “La vida en sueño” calderoniana o del Conde de Montecristo, del Dr. Hyde de Stevenson, y de la bestia de Cocteau, y, cómo no, del esclavo sin nombre de la caverna platónica. Sin olvidarnos del superhombre de Nietzsche y su filosofía del martillo.

“¿Quieres vengarte o quieres saber la verdad?”

Esto es lo que propone Lee Woo-jin (el ser melancólico y escurridizo que mueve los hilos del protagonista y domina a su criatura, ya es el único que conoce sus secretos) a Oh-Dae-su (el hombre convertido en bestia airada, obsesionado por llegar hasta la razón final, la lógica que libere de su condición de marioneta furiosa). Y aquí se produce la inspirada revelación, la palabra tabú que no se debe pronunciar so pena de romper el encanto de una impetuosa e intrigante tragedia postmoderna a la cual el espectador debe acceder sin más pistas, sin esperar más de lo esperable, con la mirada pura. El esclavo de la caverna platónica vivía entre sombras, cuando por fin vio la claridad del sol quedó cegado, como ocurre con los personajes y posiblemente le suceda a la mayoría de los espectadores al querer saber lo que sucede y encontrarse con la luz cegadora de la verdad. El superhombre nietzschiano, Oh Dae-su, aguantaría la mirada frente al sol y seguiría sonriendo con los ojos carbonizados. Edipo se arrancó los ojos, Oh Dae-su se cortó la lengua. La bestia y Oh Dae-su aman. Y el amor va más allá de una fantasía inoculada. La imposibilidad del olvido es la única venganza y el único perdón. Aunque pudiéramos despojarnos del monstruo que anida en nosotros, y hacerlo envejecer a cada paso hasta que muriese al dar el paso setenta, siempre quedarían sus huellas sobre la nieve, ya que lo que se ha marcado a fuego, con sangre, jamás puede ser eliminado de nuestra memoria.

Oh Dae-su deberá retroceder en el tiempo, remontarse al principio para comprender, en un guion de extraordinario pulso narrativo capaz de alternar magníficas escenas de acción, donde los hechos se suceden de manera incontrolable, como el prodigioso plano secuencia diseñado en travelling lateral y que el director repitió hasta en 27 tomas para dar mayor veracidad a la pelea que se acontece, sangrientos primeros planos de mutilaciones, en los cuales los dientes, la mano, o la lengua adquieren significado de un punto flaco y simbólico, y espectaculares panorámicas que, gracias a la fotografía de Jung Jung-hoon y la música de Cho Young-wuk, dotan a la película de gran lirismo. En Old Boy sólo hay culpables, por lo que no terminarás de empatizar con ningún personaje sin dejar de ser absorbido por cada uno de ellos. Pero existe esperanza para la redención a través del dolor. Por encima de una metáfora fosilizada -los ojos deslumbrados por la luz del sol-, los indicios nos van empujando, junto al protagonista, hacia una verdad angular, impetuosa como un martillazo, irreverente como la visión de una fotografía inesperada, un recuerdo soterrado. Todo empuja a querer saber la verdad, pero sin que nos preparen para ser conscientes de si verdaderamente sabremos soportarla.

EL OBTURADOR: OLD BOY

En este apasionante relato, se hace partícipe al espectador de tal forma que acaba sintiendo la agonía de cada uno de los referentes literarios, teniendo que optar por aceptar las consecuencias de lo que ha visto, o querer olvidar y decidir no formar parte de lo que subyace, el monstruo que cada uno contiene y que nos aterra, nos persigue y nos golpea con martillo en mano.

Una Oda a la naturaleza humana y al instinto animal que aún encerramos prisionero de nuestra socializada cultura.

Pero Old Boy no es solo una brutal propuesta filosófica, sino que une todos los apartados que cabe esperar en una obra colosal. Puesto que nos da la opción de elegir no tomar el camino de lo simbólico de lo soterrado, y aún así, se puede disfrutar de la propuesta de thriller. Todo envuelto en una enorme y estilizada capa artística. Con unos decorados creados para provocar angustia con su deformación en los ángulos, una fotografía sucia y colorista cargada de expresión, y una técnica en la elaboración de los planos y su montaje metódicos, como ya nos acostumbra el extraordinario director coreano.

Un auténtico legado totalmente imprescindible para los amantes del cine y que no ha dejado de tener repercusión en sus 10 años de vida, con numerosos autores que dejan algún sello en sus cintas para hacer referencia de esta cautivadora entrega.

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Miguel Ángel Postigo

@miguel_postigo

@columnazerocine

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