EL OBTURADOR: GEORGE MÉLIÈS

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Ilusionista de luz y celuloide.

No se queden ahí de pie, pues empieza a refrescar. La entrada no es cara y el espectáculo les reconfortará. Pasen, pasen, no sientan aprensión.  En el teatro de luces no se les reclamará nada,  mas no despeguen los ojos de la pantalla. No querrán perderse la historia del primer ilusionista del cine. Su nombre es George Méliès y su vida estuvo plagada de sirenas y monstruos, de astros y fantasmagorías. De hadas, de claros y penumbra.

Nacido en Francia en 1861, Méliès comienza sus pasos cual príncipe curioso movido por un juvenil anhelo de conquista. Hijo de buena familia, pues su padre era  un notorio fabricante de calzado parisino, no sufrió impedimentos para que realizara un viaje a Londres, recién cumplidos los veinte años, bajo el pretexto de perfeccionar su inglés. Es durante su estancia en la capital inglesa cuando Méliès se inicia en el teatro y la magia, instruido por John Nevil Maskelyne. Impregnado de la espectral atmósfera londinense, en 1888  Méliès adquiere por 40.000 francos el teatro de Robert Houdin, de las manos de la viuda del célebre mago. Tras cambiar la decoración interior, Méliès estrena su propio espectáculo, para el que concebirá, al menos, treinta ilusiones inéditas entre los años 1888 y 1907.

En la década de 1890 una nueva pasión parece emerger en la mente de Méliès, pues aparecen las imágenes en movimiento, con las que queda fascinado. Tras negarse los hermanos Lumière a venderle su cinematógrafo -ya que pretendían dedicarlo a propósitos científicos-, Méliès compra el proyector Animatograph de Robert W. Paul, que consigue transformar en cámara a partir de piezas sueltas. Al igual que sus coetáneos, Méliès inicia sus rodajes al aire libre, tomando vistas de escenas cotidianas. Es en una de estas grabaciones cuando la casualidad toma partido por el joven mago: mientras rodaba una calle concurrida, la manivela de su cámara se enganchó momentáneamente obligándole a detener el flujo del film. Cuando Méliès revisó a posteriori su material se dio cuenta de que en esa breve interrupción los elementos de su escena parecían haberse transformado. También giró una manivela en el intelecto del mago, que descubrió cómo el cinematógrafo no serviría sólo para proyectar filmes en su teatro, sino que a su vez podría enriquecer el propio espectáculo. Es esta la génesis de los efectos especiales.

Entre 1896 y 1900, Méliès experimentó con todos los géneros y fue desarrollando los avances tecnológicos que le posibilitaron sus ilusiones cinematográficas. Méliès rechaza desde este momento los rodajes en exteriores y se decanta por una puesta en escena más cercana al teatro, y por ende a la ficción. Con tal fin funda Star Film -la primera productora cinematográfica- y manda construir su estudio transparente en Montreuil, un espacio mítico que, con las mismas dimensiones que el teatro Robert Houdin, se convirtió en la factoría de los sueños de Méliès.

EL OBTURADOR: GEORGE MÉLIÈS

Méliès se gana así el título de Padre del cine narrativo, ya que esquiva la simple representación de hechos factuales, en pos de la recreación de historias inventadas, de mundos imaginarios y de personajes fantásticos. Mientras que  las vistas de los hermanos Lumière pronto pasan de moda y se verán obligados a filmar parajes exóticos para sorprender a su saturado público, Méliès inocula al cine la inmortalidad  de la ficción. No obstante, no podríamos dejar de mencionar a Alice Guy en este proceso de abandono de la factualidad, pues si bien ella no trasladó a sus personajes a escenarios artificiales, sí se inició en el arte de contar historias. Aunque esta cineasta haya sido frecuentemente olvidada sólo por haber nacido mujer, le disputa a Méliès el título de progenitor del cine narrativo.

En el proceso de creación de Méliès observamos un gran celo por su independencia y un alto grado de implicación en todas las fases de la producción. En la  brillante mente de Méliès tiene lugar el maridaje entre ciencia y arte que queda patente en la pantalla. Méliès trata temas fantásticos para el público en general, pero en especial, para las audiencias infantiles: desde las fantasmagorías procedentes de la tradición de la linterna mágica a cuentos de hadas o adaptaciones literarias, como será su famoso Viaje a la Luna de Jules Verne (que ya había sido traducido al teatro por Adolphe d’Ennery).

En 1903, según se consolida la industria cinematográfica, el imperio de Méliès se empieza a tambalear. La empresa Pathè Gaumont, que disfruta de una presencia creciente en el mercado, se erige como la antítesis de Méliès. A la vez, nace en los Estados Unidos la red Nickelodeon que controla más de 10.000 salas con una demanda de entre 30 y 60 nuevas películas por semana. Aunque Méliès aumenta la producción de sus filmes sin descanso, sus películas requieren más tiempo y esfuerzo y no alcanza el volumen mínimo de metraje exigido por la Motion Picture Patents Company. Méliès se endeuda.

EL ESTUDIO DE GEORGES MELIES

Cual astro enervado por la osadía de Ícaro, Pathè se convierte en 1911 en el distribuidor exclusivo de Méliès. Además, se hace cargo de las deudas contraídas por el ilusionista, pero toma el estudio transparente de Montreuil como aval y se hace con el control sobre su producción cinematográfica. El éxito de las últimas películas de Méliès desciende y apenas logra atraer a un público conquistado por la nueva narrativa estadounidense. Mientras, la deuda que Méliès contrae  con Pathè no hace sino aumentar hasta que es embargado en 1923.

Como consecuencia de su descenso al Averno, Méliès cae presa de un ataque de ira y quema sus negativos de Montreuil. Algunas copias permanecieron a salvo en los almacenes Dufayel en una colección que se proyectaba a los clientes. Otras cintas fueron confiscadas durante la Segunda Guerra Mundial por los nazis y se han perdido para siempre.

Poco se sabe de la vida de Méliès a partir de su ruina. Antes de desaparecer, contrajo matrimonio en segundas nupcias con Jehanne d’Alcy, actriz y compañera con la que había compartido los más gratos momentos de inspiración y creatividad. Después, Méliès Hombre deja paso a Méliès Leyenda, cuya silueta se disuelve en la bruma del tiempo. Hay quien dice que se le vio vendiendo golosinas a los niños en un kiosco de Montparnasse, resignado y ajeno a la transcendencia de su trabajo para la Historia del arte cinematográfico.

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Alicia Hernández

@CaoticaEntropia

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