EL ANTIHÉROE Y EL SENTIDO MORTAL DE LA BELLEZA

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Un artículo de Juan Antonio para ColumnaZero.
Un artículo de Juan Antonio Navarro para ColumnaZero.

El héroe impoluto ha muerto.

Un camión cargado de hijos de puta le ha pasado por encima, dejando tras de sí una masa indistinta de honor y buen corazón. Debió mirar antes de cruzar, es cierto, pero habría sido solo una cuestión de tiempo: no le queréis en vuestras vidas, porque estáis enamorados de esa región gris de la moral de la que surgen los antihéroes. Pensáis que no resultó fácil. Que amarles fue una tarea titánica que volvió locas vuestras inmaculadas conciencias. Pero la realidad, siempre afilada, es que los guionistas dispusieron ante vosotros dos mecanismos esenciales para que pudiéseis dormir por las noches obviando el carácter tétrico y repulsivo que mora por vuestro organismo: el pasado y la muerte.

En la ficción televisiva contemporánea, la huella de la infancia y de la juventud en la psique es un elemento recurrente para explicar el comportamiento de los protagonistas más éticamente cuestionables. El flashback se transforma entonces en un vehículo que, en su viaje hacia los recuerdos que detonaron la negrura del personaje, nos obliga a empatizar con él. Desconocemos la razón por la cual el vecino engaña a su esposa, pero somos conscientes de las circunstancias bajo las que se formó el espítiru del perennemente adúltero Dick Withman (más conocido como Donald Draper): hijo de una prostituta fallecida durante el parto, huérfano de padre a los diez años y rehén en un prostíbulo hasta su huída a la Guerra de Corea. ¡Pobre hombre!, ¿verdad?

En un diván de Nueva Jersey, sentado frente a la Doctora Melfi, el más gordinflón y temible de los antihéroes escupe sus traumas más remotos, aquellos que lo convierten en un criatura humana: la visión de su padre cortando de un hachazo el dedo de la mano del charchutero y la exasperante sombra de una madre nefasta, absorbente y manipuladora. Le veremos hacer cosas terribles, pero estos peregrinajes al pasado de Tony Soprano suavizan sin duda el malestar de querer, con un cariño sincero, a un animal como él. Nos excusa. Nos expía. Nos libera de la culpa. Y sucede con Nucky Thompson en la quinta y última temporada de la serie. Y con Nate Fisher, a su modo, otro antihéroe, marcado desde la niñez por una accidentada relación con el concepto de la muerte.

La televisión -en otras florecientes regiones del mundo, no en nuestro casto país-, al igual que muchas otras artes, ha ido despojándose de ese carácter romántico que convierte a sus personajes en arquetipos, representantes de uno o varios valores que nunca entran en oposición. Sin embargo, celebrando esta nueva era de ambigüedades e imperfecciones humanas que el nuevo siglo luce, estos nuevos desafíos afectivos hacia hombres y mujeres tan encantadores como perversos que los guionistas nos sirven en serie, no podemos sino percatarnos de que, a pesar de la madurez de creadores y espectadores, aún carecemos, en la mayoría de casos, del pudor necesario para dejar ir de rositas a estos anticristos de aura engatusadora.

 EL ANTIHÉROE Y EL SENTIDO MORTAL DE LA BELLEZA

Esta es la razón, queridos amigos, de esos fundidos a negro que, de una u otra puesta en escena, se han venido llevando por delante la vida de nuestra pequeña pero fructífera colección de hijos de puta. La muerte -en algunos casos metafórica, como la de Al Swearengen en Deadwood ante la monstruoso vigor del capitalismo- se hace entonces indispensable para restaurar el karma moral del universo ficticio al tiempo que el del corazón del espectador. Como un Raskólnikov o un Lester Nygaard, deseamos tanto ser descubiertos como escapar ilesos. A nuestras espaldas, una lista arrugada y tibia, empapada en sangre, nos recuerda que, de momento, como anunciaba Jax Teller, al final del día los tipos malos pierden.

Es un combate, antiguo pero renovado, entre arte y moralidad. En palabras de un inexistente viejo poeta inventado por Nabokov en Lolita: «El sentido moral de los hombres es el precio que debemos pagar por nuestro sentido mortal de la belleza».

Juan Antonio Navarro Cádiz

@columnazero

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