DE MIRAMAR A LA MAGDALENA: LOS TESOROS REALES DE SAN SEBASTIÁN Y SANTANDER

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Un artículo y fotografías de Guillermo Álvarez para ColumnaZero.

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San Sebastián y Santander no solo tienen en común la primera letra de sus nombres, emplazarse en el norte de España o estar bañadas por el siempre frío Mar Cantábrico. Los señoriales edificios que pueblan sus calles son parte de la herencia de haber sido durante años el acomodo estival de la Familia Real Española y de la aristocracia entre finales del siglo XIX y el primer tercio del siglo XX.

Aunque en la actualidad la Familia Real tiene como sede oficial de sus veraneos el Palacio de Marivent de Mallorca, hubo un tiempo en el que el Jefe del Estado y sus parientes más cercanos preferían los templados veranos del norte de España y las frescas aguas del Cantábrico por encima del calor húmedo de las zonas costeras mediterráneas. Así, San Sebastián y Santander se convirtieron en el refugio de la Reina María Cristina, segunda esposa de Alfonso XII, y del Rey Alfonso XIII, (bisabuelo de Felipe VI), y de su esposa e hijos.

La historia unió para siempre San Sebastián y a la Familia Real en 1887, cuando la Reina María Cristina, regente desde la muerte de Alfonso XII hasta la mayoría de edad de Alfonso XIII, inauguró el Casino de la ciudad, hoy sede del ayuntamiento, se enamoró  perdidamente de la Bella Easo y quiso tener casa de veraneo allí. De todos modos, ya en tiempos de Isabel II, suegra de María Cristina, la Casa Real mostró predilección por Gipuzkoa, ya que la Monarca escogió no solo Donosti, sino también la bella villa de Zarautz para pasar parte del verano y darse baños de mar en el Cantábrico, para lo cual se alojó en el Palacio de Narros.

La Reina María Cristina rechazó las cesiones del consistorio donostiarra y adquirió los terrenos que el Conde de Moviana tenía en Miraconcha, en un promontorio con una ubicación privilegiada que separa las playas de La Concha y Ondarreta. Posteriormente, la regente ordenó la construcción de su palacio de verano al arquitecto británico Selden Wornum, que proyectó una residencia al más puro estilo casa de campo inglesa. Pese a ello, el edificio fue levantado por Benito Olasagasti y José Goicoa, que otorgaron a Miramar la hermosa apariencia con la que cuenta desde hace más de un siglo. El Palacio, erigido con ladrillo y piedra arenisca con entramado de madera, cuenta con un sótano y tres plantas, de las cuales la más alta era para el servicio. Sobresale también la torre octogonal que corona la construcción. Entre sus estancias destacan los Salones de Música, de Madera y Blanco, la Biblioteca, el Comedor Real y el Petit Salón, que han sido conservados prácticamente como fueron concebidos. El resto del Palacio se ha adecuado a las exigencias actuales, aunque siempre respetando el estilo con el que fue erigido. Allí, con vistas a la espléndida bahía de La Concha y con la isla de Santa Clara enfrente, se instaló la corte durante décadas.

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En 1929, año de la muerte de María Cristina, el Ayuntamiento ofreció a Alfonso XIII adquirir Miramar para que fuera de propiedad municipal, aunque permitiendo que la Familia Real siguiera veraneando en el Palacio, a lo que el Soberano se negó. Con la llegada de la II República, se decretó que Miramar pasara a ser lugar de veraneo del presidente, aunque ya en la dictadura franquista, el Palacio volvió a ser propiedad de los herederos de María Cristina, hasta que en 1972, Don Juan de Borbón, abuelo de Felipe VI, vendió el Palacio y sus jardines al Ayuntamiento de San Sebastián. En la actualidad, es utilizado para los Cursos de Verano de la Universidad del País Vasco y ocupado por el Centro Superior de Música de Euskadi, por lo que la visita no suele ser posible. Sin embargo, se puede pasear libremente por los jardines durante el día, que aunque no son especialmente llamativos, permiten ver de cerca el Palacio de Miramar y admirar las impagables vistas que se tienen de la bahía de La Concha, de la isla de Santa Clara y de los montes Igueldo y Urgull.

Un palacio con vistas.

Pese al esplendor de Miramar, lugar en el que se produjo el primer encuentro entre Alfonso XIII y Victoria Eugenia de Battenberg, esta pareja de reyes escogió como lugar de veraneo principal la ciudad de Santander, también bañada por el Mar Cantábrico. El ayuntamiento del municipio costero quiso que la Familia Real cambiara Donosti por Santander, así que se ofreció al Rey disfrutar de idílicos estíos en la península de La Magdalena. Este lugar se encuentra en un enclave privilegiado, con vistas a la playa de El Sardinero, el arenal más importante y conocido de la capital cántabra, a la bahía de Santander, a la isla de Mouro, donde se asienta el faro, y a ese mar Cantábrico que puede estar en calma o mostrar su mal genio.

En 1908 empezó la construcción del Palacio Real de La Magdalena, encargado a los arquitectos Javier González Riancho y Gonzalo Bringas Vega. En 1912 se terminó, y tras ser decorado a gusto de la Reina Victoria Eugenia, el Monarca, su esposa e hijos se establecieron allí en el estío de 1913, pasando los meses de calor desde entonces hasta 1930, el último verano antes del advenimiento de la II República. El edificio, de estilo inglés y francés, se ubicó en la parte más alta de la península, y cuenta con el sótano, la planta baja, la planta principal, el ático y el desván. Entre las estancias destacan las zonas privadas en las que la Familia Real disfrutaba de sus momentos de intimidad, y las públicas, ya que durante el tiempo que pasaban allí, eran frecuentes las reuniones, audiencias y actos sociales.

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Tras ofrecer los Cursos Internacionales de Verano de la Universidad durante la República, la Guerra Civil y la llegada de la dictadura hicieron caer en el olvido a este histórico paraje hasta que en 1949 regresaron los Cursos de Verano. Pese a sus usos académicos, La Magdalena era propiedad del que entonces era Jefe de la Casa Real Española, Don Juan de Borbón, que vendió todos los terrenos al ayuntamiento de Santander en 1977. En la actualidad, La Magdalena acoge el Palacio de Congresos y reuniones, aunque entre junio y septiembre la Universidad Internacional Menéndez Pelayo celebra sus cursos de verano. Además, es posible celebrar bodas, y lo más importante, el Palacio Real puede visitarse todos los días en turnos de 45 minutos, tiempo en el que apreciar la belleza de esta construcción histórica.

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Pero no solo es interesante el Palacio Real de La Magdalena, sino que también se puede pasear libremente por los jardines y disfrutar de unas fabulosas vistas, o si se prefiere, es posible coger un tren turístico para conocer  todos los recovecos de la península sin cansarse. Aunque el Palacio Real es la principal atracción, los jardines cuentan con el Museo del Hombre y la Mar, donde se pueden contemplar tres carabelas que recuerdan a la Pinta, la Niña y la Santa María, y el zoo al aire libre, donde se asientan pingüinos y leones marinos, algo que encantará especialmente a los niños. Si se prefiere, se puede mirar hacia otro lado y contemplar cómo el Cantábrico rompe sobre los aquí bajos acantilados, por lo que es fácil que una ola traicionera nos refresque y nos haga recordar para siempre la visita a este hermoso paraje.

Guillermo Álvarez

@columnazero

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1 Comment

  1. Josean Baranda

    28 noviembre, 2016 at 13:40

    MUY BONITA LA VISITA
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