CRÍTICA CINE:INFILTRADO

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Una crítica de Cristina Del Águila para ColumnaZero.

Una crítica de Cristina Del Águila para ColumnaZero.

El corazón de la mafia.

El Robert Mazur de The Infiltrator, su novela autobiográfica, da el salto a la gran pantalla a través de un Bryan Cranston que vuelve a hacer gala de su capacidad camaleónica para encarnar a personajes con dobles vidas. Esta vez se mete en la piel de un antiguo contable que un buen día decide convertirse en agente infiltrado para derrocar al cártel colombiano de la droga. Asumiendo elevados riesgos personales, Mazur crea un álter ego criminal, Robert Musella, que en ocasiones es imposible no asociar con el célebre Walter White, no por nada en la propia Breaking Bad se menciona el libro en el que está basada la película.

Con la ayuda de su compañero Emir Abreu (John Leguizamo) y su supuesta prometida Kathy Ertz (una deslumbrante Diane Kruger a la que curiosamente se puede ver hablando español con un delicioso acento francés), Mazur se interna cada vez más en la red de la droga. Fingiendo ser un ambicioso hombre de negocios sin escrúpulos, se pone al servicio de los narcos para lavar las ingentes cantidades de dinero generadas por el imperio de la cocaína.

CRÍTICA CINE: INFILTRADO

Sorprende la habilidad del director, Brad Furman, para mostrar el lado más humano, si acaso es eso posible al hablar de los sanguinarios miembros del cártel, de las relaciones entre delincuentes y agentes infiltrados. Estos últimos, obligados a someterse a los atroces códigos de los primeros para conseguir desenmascararlos, llegan a tal punto de intimidad con sus némesis que no pueden evitar un cierto grado de confraternidad.

Asombra cómo incluso se alcanza un instante en el que se aprecia en los héroes una culpabilidad latente por la confianza traicionada de los banqueros corruptos, los capos y sus respectivas familias. Todo ello de la mano de un fuerte acento español, con un notable reparto en el que Elena Anaya, Rubén Ochandiano y Simón Andreu personifican a distintas figuras del engranaje colombiano del poder con una actuación que no pasa desapercibida.

Sin embargo, a pesar de su impecable construcción formal y narrativa, el guión no arriesga demasiado, produce una sensación de déjà-vu de historia que, de tanto contada, permanece en el subconsciente del espectador con aires de familiaridad. Furman escenifica con gran acierto el relato de Mazur, no obstante, pasa de soslayo ante una cuestión trascendental que solo se plantea en el desenlace del largometraje: el destino final de todo ese capital.

Y éste no es otro que la financiación de distintas guerras en la otra punta del planeta por parte del Gobierno de los Estados Unidos mediante los depósitos de la Reserva Federal procedentes de la fortuna de los cárteles colombianos. Empiezan a aparecer los títulos de crédito y aún flota en el ambiente la impresión de que la auténtica película podría comenzar ahí. Quizá en otro momento algún valiente se atreva a retomar ese hilo.

Cristina Del Águila

@columnazero

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