CRÍTICA CINE: QUÉ EXTRAÑO LLAMARSE FEDERICO

Una crítica de Alexis para ColumnaZero Cine.
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Una crítica de Alexis para ColumnaZero Cine.
Una crítica de Alexis Rodríguez para ColumnaZero Cine.

Scola nos cuenta a Fellini.

Sentado en su silla de director, megáfono en mano, y con la vista puesta en el horizonte, contemplando ese bello atardecer desde la orilla de una playa en la que se improvisa un casting de circo para payasos, malabaristas y tragafuegos. Podría parecer que estamos ante una escena de un film de Fellini, pero lo cierto es que Fellini es el director sentado en la silla y la película la firma Ettore Scola. Amigos de toda la vida desde que coincidieron en la redacción de la revista de sátira política Marc’Aurelio en Roma, Scola afirma haber deseado hacer este homenaje a Fellini desde que éste muriera un 31 de octubre de hace ya más de dos décadas.

Qué Extraño Llamarse Federico (Che Strano Chiamarsi Federico, Ettore Scola, 2013) ha sido considerada desde su estreno en la Mostra de Venecia de hace dos años –una vez más tenemos que lamentarnos por la deficiente distribución cinematográfica en España– como un documental por la mayoría de los medios que escribieron sobre ella. Lo cierto es que la película se asemeja más bien a un biopic o película biográfica, pues aunque podemos ver en ella mucho material de archivo en el que aparece el verdadero Fellini, la columna vertebral de la trama principal reconstruyendo la vida del genio italiano es una recreación dramática en la que los nietos del propio Ettore Scola interpretan al joven Fellini y al joven Scola.

CRÍTICA CINE: QUÉ EXTRAÑO LLAMARSE FEDERICO

Lo que está claro desde la escena antes descrita con la que se abre el film es que, más allá de su clasificación en un género u otro, la película es un gran homenaje que rinde culto y pleitesía por los cuatro costados al más afamado y reverenciado de todos los directores de la historia de Italia –harina de otro costal es considerarlo por ello el más grande de una tradición cinematográfica en la que brillan con luz propia nombres como Roberto Rossellini, Sergio Leone, Pier Paolo Pasolini o Michelangelo Antonioni–. Desde que empieza hasta que acaba el relato, narrado perfectamente con las imágenes y subrayado incómodamente en cada secuencia por un narrador en persona que encarna el actor Vittorio Viviani, las partes de ficción basadas en los recuerdos que Scola tiene de Fellini y las partes de metraje en las que aparece Fellini en carne y hueso se van sucediendo intercaladas por escenas de sus películas y entrevistas a otros ilustres que opinan sobre “el maestro” o tienen alguna anécdota curiosa que contar de él, como por ejemplo la aparición estelar de Orson Welles en La Ricotta (1963) de Pasolini.

Y es que efectivamente, estamos ante una obra de arte de un amor tan cinéfilo que precisamente aquellos no iniciados en el cine de Fellini probablemente lo pasarán mal buscando conectar ideas aparentemente aleatorias en una película que requiere de más de una explicación, o incluso sintiéndose idiotas por no entender el fenómeno de causa-efecto de algunas escenas. Y es que el cine de Fellini, tan surrealista y tan onírico como es, impregna cada fotograma de la cinta de Scola, y eso se traduce en una sintaxis cinematográfica no muy compleja, pero sí bastante caprichosa –siempre a ojos de aquellos no iniciados en el cine de Fellini–. El espectador menos experimentado acusará el exceso de cinefilia a lo largo de todo el visionado, un guiño tras otro sin parar, pero realmente para el espectador con mucho cine en sus retinas, especialmente de Fellini, sin duda se convertirá en toda una gozada. Como buena obra de autor que se proyecta en salas comerciales, es una película a la que se debe acudir a sabiendas de lo que se va a ver.

Nostálgica y jubilosa a partes iguales, la película es además realmente entretenida, y alcanza sus mejores momentos en las escenas de la oficina de la revista en las que el equipo de redactores se pelean por inventar el chiste más ingenioso para cubrir la portada, o las confidencias de los pobres artistas callejeros y las prostitutas que Scola y Fellini recogían en sus paseos por las noches de Roma, o las conversaciones con el mítico Marcello Mastroianni y su madre, hasta ese final, deliberadamente feliz, un 31 de octubre de hace ya más de dos décadas en el que Federico decidió dejarlo todo para sentarse en la orilla de una playa a ver cómo se ponía el sol.

Alexis Rodríguez (@AlexDeLargo)

@ColumnaZeroCine

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