CRÍTICA CINE: LOS INSÓLITOS PECES GATO

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Un artículo de Juan Antonio para ColumnaZero Cine.
Un artículo de Juan Antonio Navarro para ColumnaZero Cine.

Un libro de autoayuda.

Por encima del discurso minimalista, de esa apuesta por la austeridad de recursos tan proliferantes en el cine independiente de autor de los últimos años (y que según el crítico Ángel Quintana comienza a virar hacia la saturación y la exuberancia), se eleva en Los insólitos peces gato (2013) un discurso de autoayuda, como si el filme fuese una traslación pictórica de algún cuento lacrimógeno y moralista de Paulo Coelho o Jorge Bucay: “ayuda y déjate ayudar, todo irá mejor”.

La cinta, ópera prima de la directora mejicana Claudia Sainte-Luce, gira en torno a la crónica de una muerte anunciada (por enfermedad), la soledad y una disfuncionalidad familiar que recuerda a dramedias como Little Miss Sunshine (Jonathan Dayton y Valerie Faris, 2006), unión que solidifica con ese guiño en forma de coche amarillo, o Shameless (Paul Abbott, 2011), la teleserie de Showtime. Componentes de un cine intimista y dolorido que se dirige al corazón pero al que resulta inevitable descubrirle el aroma a cálculo matemático: horóscopo, orfandad modélica, viaje conclusivo a la playa, ceremonia excéntrica del esparcimiento de cenizas, palabras póstumas -en off– del personaje perdido…

Dejando a un lado el guion, basado en una experiencia personal de la autora pero repleto de clichés (el cine es, a fin de cuentas, manipulación), la cinta encuentra su verdadero relato en el uso del sonido y en la interpretación. Si el primero logra, con esa dicotomía entre los ruidos urbanos que suenan a través de la ventana de la habitación de Claudia (el ente sin nadie) y el bullicio humano que respira la casa de Marta (el ente enfermo) y su familia, testimoniar la banda sonora de la propia soledad; la segunda consigue oponerse al artificio de fórmula premeditada de guion mediante la naturalidad de los gestos.

Los insólitos peces gato es, después de todo, cine de caricias, miradas y pestañeos. De la distancia corta entre una mano y un paquete de patatas, entre una boca y otra, entre la cámara y los rostros, que expresan más que cualquiera de las afectadas palabras que la madre dirige a sus hijos en esos últimos cinco minutos de voz en off. Cuando los gestos hablan, la película se sobrepone al sentimentalismo y se convierte en un verdadero muestrario del amor. Si el cine es, en efecto, manipulación, en ocasiones, cuanto menos cine, más cine.

Juan Antonio Navarro

@ColumnaZeroCine

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