BUNGEE JUMPING: PRIMERA EXPERIENCIA

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Un artículo de Elena López para ColumnaZero.

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Es un hecho que los deportes extremos están de moda. El paracaidismo, la escalada o el salto base enamoran cada día a cientos de personas que encuentran en la adrenalina un placer único. Cierto es que la mayoría de estos deportes requieren una preparación que lleva años conseguir, por no hablar del dinero que hace falta invertir para disfrutarlos. Así que desde ColumnaZero les proponemos una alternativa para disfrutar de ese subidón de adrenalina: el bungee jumping.

El bungee jumping nació en las Islas Vanuatu, en el Pacífico Sur, donde más que un deporte se consideraba un rito con el que demostrar valentía. Un rito que marcaba la transición de niño a hombre. Según cuenta la leyenda, tras una discusión entre una pareja de la tribu, la mujer decidió huir de su marido subiéndose a un árbol, donde se ató los tobillos a un par de lianas. Al ver que su marido la seguía escalando el árbol, ésta saltó al vacío. El marido, sin saber que ella estaba atada a las lianas, se tiró tras ella,  muriendo en el acto. Fue así, según ha llegado la historia a nuestros días, como a partir de entonces aquella acción pasaría a ser un ritual más de la comunidad isleña.

Más de 500 años después, dos locos neozelandeses decidieron abrir la primera empresa del mundo que ofertaba esta experiencia extrema. Convirtieron a este deporte en su forma de vida y a Nueva Zelanda en el epicentro mundial del bungee jumping.

BUNGEE JUMPING: PRIMERA EXPERIENCIA

Nunca antes habíamos practicado este deporte, aunque sí habíamos hecho puenting (muy similar), así que técnicamente ya habíamos tenido nuestro bautizo. Tocaba pasar al siguiente nivel. ¿Y qué mejor lugar que la cuna de este deporte para iniciarse? Nos dirigimos a Nueva Zelanda en busca de unos de los saltos más brutales del mundo, el Nevis Bungy. Situado en  Queenstown, este salto de 134 metros de altura tiene la peculiaridad de realizarse desde una plataforma colgante suspendida sobre el río del mismo nombre.

El ritual comenzó en la oficina central de AJ Hackett en Queenstown, donde nos pesaron; nos recordaron las normas de seguridad; nos enseñaron una lista con posibles enfermedades que por supuesto no debíamos tener; y nos garabatearon en la mano dos códigos. El primero para saber que autobús nos llevaría al lugar del salto, y el segundo para luego poder ver las fotos y vídeos.

Tras unos 30 minutos de viaje notamos cómo comenzábamos a ascender. La tensión era más que notable, alguno incluso rompía a reír de los nervios. En ese momento tuvimos la misma sensación que se experimenta cuando estas subiendo, lenta y silenciosamente, en el vagón de una montaña rusa. Dulce sufrimiento.

Después tocó ponerse el arnés, colocarse la GoPro y escuchar la pequeña charla técnica de uno de los monitores. No faltaron las preguntas tipo: “¿cuánta gente se raja al día?” (al parecer la media está en un abandono),” ¿qué música ponen en la plataforma de salto?” (Justin Bieber, nos dijeron) o la típica “¿ha habido algún accidente?” (jamás de los jamases). Además del imprescindible “GO FOR IT GUYS!” (¡A por ello chicos!).

A partir de ahí viene lo bueno. Un pequeño viaje en teleférico te lleva a plataforma de salto, donde la música que suena a todo volumen aumenta la motivación y calma los nervios. Atados los pies, nos aproximamos al final del trampolín. Nos sacamos la foto de rigor y echamos un pequeño vistazo hacia abajo. Ya no había tiempo para echarse atrás… 3, 2, 1

El subidón de adrenalina dura varios días, la sonrisa en la cara varios meses y la sensación de haber cometido una de las locuras más geniales que jamás harás, toda la vida. ¿Están listos para dar el gran salto?

Elena López

@columnazero

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