BERNARD HOPKINS: NO SIEMPRE EL NEGOCIO SE IMPONE AL TALENTO EN EL DEPORTE

Un artículo de Pablo García Lanza para ColumnaZero.
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Bernard Hopkins: una vieja leyenda en la élite del deporte.

Los tiempos cambian deprisa, más aún en el deporte. Desde que Michael Jordan firmó su primer gran contrato con una marca publicitaria en 1987 y se descubrió el gran filón que eran los deportistas como productos de mercadotecnia, todo se ha profesionalizado hasta límites insospechados. Hoy en día, nada se deja al azar en el deporte, sobre todo, en el deporte americano.

Campos como la preparación física o la nutrición han avanzado tanto, que hoy en día, se puede programar a un deportista casi como si fuera un robot. Cuando un deportista con potencial firma con una gran agencia de representación, ésta se hace cargo de todos los aspectos de su carrera: su entrenamiento físico, negociación de contratos con marcas publicitarias e incluso la creación y supervisión de su perfil en redes sociales para controlar la venta al mundo de su producto. Lo controlan absolutamente todo. Por eso, hay quien dice que el deporte cada vez tiene menos alma, que los deportistas cada vez son menos carismáticos, que ya no hay ídolos como los de tiempos pasados. Hoy a los ídolos deportivos también nos los impone la publicidad.

Hasta que suceden casos en los que el antiguo aficionado se reconcilia con el deporte. Casos como el del pasado sábado 19 de abril, en el que el boxeo, un deporte moribundo desde hace años por la avaricia de las grandes empresas promotoras, nos dio una razón para sonreír.

Bernard Hopkins, un viejo boxeador de 49 años de edad se proclamó supercampeón de los títulos de la FIB (Federación Internacional de Boxeo) y de la AMB (Asociación Mundial del Boxeo) en un combate histórico, en el que nos demostró a los que alguna vez dudamos de ello, que el talento siempre vuelve. Hopkins, el campeón más longevo de la historia se enfrentaba al controvertido boxeador kazajo Beibut Shumenov.

Bernard Humphrey Hopkins, Jr. es una de esas personas que parecen destinadas al abismo. Con trece años ya cometió sus primeros delitos y fue apuñalado en tres ocasiones diferentes. Nada más cumplir los diecisiete años fue condenado a una pena de dieciocho años de cárcel por nueve delitos graves, la mayoría de ellos robo a mano armada.

Pero el destino decidió darle a Hopkins una segunda oportunidad. Salió de la cárcel en 1988 después de cumplir cinco de los dieciocho años de condena a los que se enfrentaba, se convirtió al Islam y decidió comenzar su carrera boxística. Una carrera inolvidable, no ya sólo por sus incontables victorias, si no porque Hopkins no es un deportista cuya personalidad se pueda encasillar ni moldear. No escribió una de esas historias de redención que tanto gustan a los americanos, puesto que Hopkins siguió siempre siendo él mismo, siguió siendo políticamente incorrecto, en tiempos donde esa actitud rebelde ya no se lleva. Un viejo boxeador que un día decidió desafiar al sistema y también al tiempo. Como diría Jim Lampley unos de los mas reconocidos periodistas de boxeo del mundo “No tienes que amarlo, pero al menos debes respetarlo”.

El combate del pasado 19 nos dejó una historia imborrable. Nada más comenzar, sorprendía el gran apoyo que recibía Shumenov por parte de un sector del público. Durante los dos primeros rounds, cada vez que el Kazajo lanzaba un golpe lo acompañaba de un sonido gutural, una forma llamativa de hacerse notar, de enseñarle a los jueces que era él quien estaba lanzando golpes. Mientras tanto, Hopkins permanecía impasible, estudiando a su rival. Por un momento, parecía que la magia se había esfumado, que esta vez Hopkins no iba a ser capaz de seguir escapando al paso del tiempo: grave error.

BERNARD HOPKINS: NO SIEMPRE EL NEGOCIO SE IMPONE AL TALENTO EN EL DEPORTE

A partir del tercer round, Hopkins empezó a reaccionar y acabó dando una de las mayores lecciones de boxeo que se recuerdan: cada vez que Shumenov intentaba entrar con su izquierda, Hopkins se anticipaba cruzando su derecha. Movía la cabeza, giraba los hombros. Las pocas veces que el Kazajo pudo entrar en su distancia, Hopkins pivotaba, desplazaba el peso de su cuerpo de una pierna a la otra y salía por el lado contario. Cuando le convenía, aceleraba y cuando se cansaba, agarraba a Shumenov y ralentizaba el combate. En el round 11, Shumenov estaba ya visiblemente desesperado, demasiado tiempo persiguiendo sombras, perdido en el laberinto. La impotencia le llevó a cometer un error más, olvidarse de levantar la guardia, y su rival se lo hizo pagar con una derecha que lo puso de rodillas en la lona. Se levantó y sobrevivió hasta la campana final, pero se dejó buena parte de su orgullo en el camino.

El viejo Hopkins, le dio una lección de boxeo a un rival veintidós años más joven que él. Aun así, ganó por decisión dividida, demostrando que en el boxeo de hoy en día, es casi tan importante tener buena mano en los despachos como destreza en el ring. La realidad aun así fue muy cruel para Shumenov, un producto de las promotoras, y de los dólares invertidos en maquillar la carrera de un boxeador de buena pegada, pero de un talento demasiado pobre, como para plantarle cara a un viejo campeón de cuarenta y nueve años.

Las grandes promotoras, las marcas publicitarias y las agencias de representación lo tienen todo bien atado en el deporte actual. Solo les queda por resolver una pequeña cuestión que les viene molestando en los últimos tiempos: cómo conseguir que el talento no les estropee un gran negocio.

Pablo García Lanza

2 Comentarios

  1. Uno de los análisis más acertados que he leido en los últimos tiempos, gente asi es lo que hace falta.

    gracias y un saludo.

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  2. Grandioso artículo. Grandioso Hopkins.

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