ANTES DE QUE SEA TARDE

Una reflexión de Jorge Herrera Santana para ColumnaZero
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Una reflexión de Jorge Herrera Santana para ColumnaZero

Vivimos un momento frenético, loco, en el que las cosas suceden a mayor velocidad que nuestra capacidad para descifrarlas. Nunca antes la celeridad ha sido tal; nunca antes los problemas han sido tan engorrosos. Los populismos de todo signo proponen remedios sencillos… A problemas cada vez más complejos; más complejos porque la interdependencia, y por tanto la existencia de numerosas y variadas causas detrás de un sólo fenómeno, es cada vez más frecuente.

Actores poderosos – la política siempre fue una lucha entre actores, entre grados de poder – se aprovechan de esta situación de perplejidad generalizada para penetrar mensajes y llevar a cabo – o inducir a que se lleven a cabo – políticas que quizá en otro momento hubiesen sido más contestadas, o menos entendidas por cuanto menos justificadas. Justificadas entre comillas, como entre comillas va “Europa dice…”, “el objetivo de déficit marca…”.

El miedo paraliza. Y más aún: se fabrica y se potencia. Si bien es evidente que existen problemas, algunos graves, que continuamente se discutan en la esfera pública hace que parezcan más, o más serios, de lo que realmente son. Proliferan los medios (Internet), prolifera la atención a los medios (una ciudadanía airada y expectante)… Y proliferan los problemas en los balances de los medios tradicionales (disminución de los ingresos por publicidad, auge de las nuevas plataformas de comunicación). No quiere esto decir que no deba discutirse ante y entre todos lo que es de todos: significa que el constante ‘foco’ público/mediático tiene repercusiones.  Al tiempo que nos preocupamos por lo que sucede, no menos importante es ser consciente de que prestar demasiada atención a lo anecdótico puede hacer que perdamos de vista lo sustancial. Por otro lado, el miedo es un instrumento político de primer orden que puede servir y sirve a los intereses de quienes lo alientan.

El poder nunca se ha encontrado tan expuesto. Si la sociedad civil – el “nosotros” – está en crisis, fruto entre otras cosas de la atomización que provocan unas relaciones económicas y sociales centradas en el individuo y su satisfacción (nos unen menos cosas que antes), el poder – político, empresarial – enfrenta su particular batalla: el escrutinio. Y puesto que exposición pública es, al final, debilidad, el poder es, paradójicamente, menos poderoso que nunca. No obstante, la noticia es noticia porque no es la norma (corrupción…), y que sepamos más, aunque muchas de las cosas que vamos conociendo nos disgusten, no significa que tales cosas no existieran antes (¡probablemente fuesen peores!), sino que ahora tenemos acceso a información de la que antes carecíamos. Ese “descubrimiento” es, si acaso, la única posibilidad de que lo que falla, de que lo que no está bien, cambie. Es, en el fondo y aunque parezca contradictorio, un éxito.

Entender la política requiere creciente cognición, aunque esto sucede en un mundo en que la información y el conocimiento – el poder de esta era – están más diseminados que nunca antes. Por eso la gobernanza se torna asimismo más difícil que nunca antes: demandamos a nuestros gobernantes cada vez más cosas cuando están cada vez en menor disposición de ofrecerlas. Se ve de manera clara en la tensión que existe entre el nivel nacional y el supranacional/europeo: a nivel económico, el Gobierno español tiene poco margen – por no decir ninguno -: por eso es ridículo exigirle tal o cual cambio en esa materia. El nivel comunitario es ya el único nivel al que poder plantear tales demandas. Pero es que el propio ámbito paneuropeo se enfrenta a constreñimientos importantes: los flujos financieros; la incesante búsqueda de competitividad – y por tanto de poder – a escala global, frente a unos gigantes asiáticos y sudamericanos que amenazan con poner en jaque la aún hegemónica posición de Occidente; etcétera.

De cualquiera forma, esta crisis está teniendo también – aunque a primera vista no lo parezca – efectos positivos: entre ellos, y por lo que aquí respecta, una mayor conciencia del extraordinario impacto que tiene Europa en nuestras vidas. Lo lleva teniendo tiempo, pero es ahora cuando verdaderamente se ha hecho patente. Esto no es necesariamente malo: lo que puede serlo es el tipo de impacto de que se trate. Es decir, no falla Europa: falla, en todo caso, Europa tal como está configurada actualmente. Esto es importante porque defender menos Europa es defender el suicidio de los europeos – solos somos demasiado débiles -, mientras que defender otra Europa obliga a plantearse qué otra Europa es posible y deseable. En cualquier caso, somos conscientes de que el continente europeo cuenta, de que en determinados aspectos cuenta incluso más que el Gobierno que sí percibimos como nuestro: razón de peso para votar en las elecciones europeas del año que viene. Porque el voto, pese al extraordinario poder de Alemania en el seno de la Unión (algo sobre lo que tanto la una como la otra deberían reflexionar), o pese a que instituciones (BCE) o figuras (Presidente de la Comisión) clave no sean elegidas directamente por los ciudadanos, cuenta: la co-decisión entre el Parlamento comunitario y el Consejo de Ministros de la materia en cuestión es lo habitual en el proceso de elaboración de normas.

Si ésta es, a grandes rasgos, la visión de conjunto, no menos importante es la situación de España en particular. Si algo está poniendo de relieve esta crisis es lo débiles que son los cimientos sobre los que se asienta nuestra democracia. Crisis económica, social e institucional se han hecho uno. Peor que la actuación del Gobierno me parece – quizás en contra de la opinión mayoritaria – la situación del principal partido de la oposición: porque sin un PSOE fuerte, el PP nunca será suficientemente cuidadoso o, en otras palabras, porque hasta que el PP no tema perder el Gobierno no dejará de obviar las críticas escudándose en la mayoría absoluta obtenida; porque sin un discurso diferente y, todavía más, creíble, el discurso – el discurso audible, al menos – continuará siendo uno; porque está – el PSOE – demostrando que la capacidad de regeneración de su cúpula es nula (es, por tanto, un partido conservador, aun declarándose de izquierdas); porque ha perdido la conexión con la ciudadanía y con los retos que la nueva sociedad plantea; porque, pudiendo aprovechar la actual coyuntura para impulsar la regeneración que el país necesita, opta por el statu quo (de cuyas prerrogativas él también, claro, se beneficia), despreciando los riesgos que tal actitud entraña. Creo que el PSOE es, de entrada, un partido más difícil de liderar que el PP: lo que está ocurriendo con el PSC constituye buena prueba. Por otra parte, el electorado de izquierdas espera más, exige más, y por tanto se decepciona con mayor facilidad. Pero estas circunstancias no tienen suficiente entidad como para acallar el grito mayoritario: cambio.

Se tambalea no sólo el PSOE; también las altas instancias judiciales, a merced de los partidos. Se tambalea la Monarquía, cada vez más difícil de justificar para los jóvenes que, como yo, no vivimos la Transición; se tambalea la integridad territorial, fruto de una – por el momento – inteligente maniobra política; se tambalea la paz social, fruto de un paro inasumible, de una desigualdad creciente y de la falta de horizonte político y, para muchas personas, de vida. Se tambalea, en definitiva, un país que no se actualiza, que desprecia a sus mejores mentes y con ello su futuro y que no encuentra su lugar ni en Europa ni en el mundo porque todavía se busca a sí mismo. En estos momentos, no se puede ser positivo respecto a España, por mucho que sintamos la tentación de serlo, o por mucho que se hable de nuestro potencial o del “coraje que han demostrado los españoles en tiempos peores”. Ser positivo sería engañarnos: ignorar a qué nos enfrentamos. Hay soluciones, pero lo cierto es que no se vislumbran entre nuestra élite política, inmovilista y carente de visión.

Probablemente lleguemos a entender todo lo que está ocurriendo cuando superemos la etapa de transformaciones, de rapidez e incertidumbre, en la que nos situamos. Entonces todo cobrará sentido. Si somos conscientes ya de que, para ese momento, el mundo y nuestras vidas habrán cambiado; de que muchas cosas que creíamos eternas no volverán nunca o en mucho tiempo, quizás hallemos el impulso que nos falta para involucrarnos hoy.

Jorge Herrera Santana

@JHS91

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