ANÁLISIS CINE: TO THE WONDER

Un análisis de David López y Ricardo Yebra para ColumnaZero
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Un análisis de David López y Ricardo Yebra para ColumnaZero

Un poema al amor.

Hace apenas dos años, Terrence Malick causaba una gran polémica en el 64ª Festival de Cannes al dejar que su película (en la que llevaba trabajando casi seis años) viera la luz, El árbol de la vida. Más allá de las diferentes valoraciones por parte de las eminencias de la crítica a nivel nacional e internacional, se comenzaban a compartir anécdotas entorno a las reacciones de los espectadores en las salas. Espectadores que se dormían ó se marchaban de la sala con indignación, llegándose a escuchar quejas de toda índole posible. Sin embargo es admirable que ante tal reacción de aquellos que son parte del fin por el que los directores hacen cine, Terrence Malick continúe fiel a su estilo, porque su cine, guste o no, es suyo y sólo suyo.

Aclarar para los que desconozcan los formalismos con los que Malick construye su cine, que lo que hace que este director tenga imagen de pretencioso e irreverente (hablando de cine) es que su narración es diferente, muy diferente al resto. En este punto es donde quiero hacer que los espectadores comprendan un aspecto importante relacionado con la narrativa cinematográfica.

En la literatura existen determinados géneros que todos conocemos, como la novela, la poesía, etc… En cine, como séptimo arte bien considerado, sucede exactamente igual. La diferencia dista en que en cine, los géneros, se relacionan más a la temática que a la forma.

Sin sumergirme más en este hecho, dar a entender que Malick crea un cine lírico, mucho más basado en el sonido y en los planos que en el texto y sus personajes. Rompe todas las estructuras concebidas por el espectador para dar lugar a un cine completamente innovador y transgresor, un cine de explícita minuciosidad.

En To the Wonder el director tejano narra un poema basado en el amor humano y vital (Ben Affleck), y el amor etéreo (Javier Bardem). Un poema fluido que cabalga al ritmo de los sentimientos anhelados de sus protagonistas que de algún modo vagan por la vida como seres fantasmagóricos, personajes carentes de alma, ya que Malick casi no llega a mostrarnos quienes son, sino la incertidumbre sentimental que les conmueve. De algún modo, el cine que nos presenta es un cine singularmente religioso en cuanto a la estructura. El trabajo de la voz en off configura al director como un demiurgo que ejerce de conciencia de los personajes y que está por encima de ellos, apoderándose y dominándolos. Siempre hay una existencia desconocida de algo que envuelve a los personajes y les hace frágiles, incluso etéreos, como si ellos mismos carecieran de ser reales y el entorno que les rodea no existiera.

A lo largo de su filmografía podemos observar como los personajes han sido figuras colectivas en cuanto a que sus problemáticas sobrepasan su identidad para que puedan ponerse en boca de todos. Sin embargo, en su última película, esto se agudiza al emplear el tratamiento de cuatro idiomas tan universales como son el inglés, español, francés e italiano. El hecho de que estos cuatro idiomas confluyan a lo largo de la película proporciona al espectador una mayor intencionalidad en la universalidad del relato al mostrar que la trascendencia de los personajes va más allá del propio texto llegando a formar parte de todo el mundo.

Si alguien dijo que en el cine ya estaba todo escrito, Terrence Malick ha nacido para contradecirlo.

Análisis cine

El iluso de Malick

Quizás suene disparatado hablar de Terrence Malick y Jonás Trueba en un mismo artículo. Pero de alguna forma, To the Wonder (2012) y Los ilusos (2013) caminan de la mano a lo largo de todo su metraje. Tanto Malick como Trueba, utilizan de excusa narrativa dos temas muy recurrentes en el cine (el amor y el homenaje al cine). Comienzan por retratarlo de forma idílica para acabar por destruir dicha idealización. Da la sensación de que ellos mismos fueran espectadores de su propio rodaje, produciéndose una especie de catarsis personal al darse cuenta (de forma consciente) de lo absurdo de recrear el amor idílicamente y de lo ridículo de una vez más rendir homenaje al cine.

El hecho artístico en sí, nos ha hecho creer en una realidad de emociones aparentes que pocas veces tiene que ver con la realidad de nuestras vidas; esa que nos llega en forma de bofetada cuando salimos de la sala de cine. Ambos directores parecen darse cuenta de ello haciéndonos reflexionar al respecto con sus respectivas películas. El amor traslúcido de dos manos que se acarician en El árbol de la vida (2011), se rozan ahora bañadas en sangre. En Los ilusos, también se produce una especie de ‘negación’ de la película anterior del cineasta, Todas las canciones hablan de mi (2010). Los personajes abandonan sus conversaciones trascendentales sobre amor y arquitectura para acercarse a la realidad más próxima a nuestro día a día. Es justamente por eso que el film nos arranca más de una sonrisa, por la realidad y la sinceridad de su discurso.

Dos películas que llegan tanto al amor como al homenaje, a través de la negación. Después de habernos mostrado la cara más utópica del amor, Malick nos sugiere que todo lo que acabamos de ver está basado en la mentira. Igual que Orson Welles en F for Fake cuando decía: ‘durante la siguiente hora, todo lo que oirán de nosotros es verdadero‘, teniendo el film una duración de 85 minutos. Malick busca intencionadamente la contradicción en su discurso. Lo hace poniendo en duda ese amor inquebrantable, con una pareja que ha tocado fondo y un cura que se cuestiona su propia fe. En Los ilusos, Trueba hace algo parecido prometiéndonos desde un primer momento la historia del rodaje y negando la artificialidad de la narración fílmica para finalmente llegar a ella de forma inevitable.

Podríamos decir que Malick buscaba la luz y acabó por encontrar la oscuridad. Y que si es cierto aquello de que la verdadera película está en el rodaje, el discurso de Trueba se perdió por el camino. Sin embargo, el interés de ambas películas radica en que ambos cineastas se entregan a esa negación dejando que esta se apodere del transcurrir de la historia, siendo en todo momento conscientes de lo que están contando. Y entre las estampas de soles inalcanzables y rodajes imposibles, ambos cineastas alcanzan una pureza apabullante.

David López (@DavidLF_cinema)

 Ricardo Yebra

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